160.REFLEXIONES SOBRE LOS MEDIOS

Andrés Capelán
Uno relojea la televisión privada montevideana y constata rápidamente que el 90 por ciento de la programación, es basura (incluyo a los informativos y a los periodísticos en este porcentaje). Comedias, concursos, más comedias, alguna película vieja, más comedias, entretenimientos tontísimos, más comedias, alguna serie vieja, más comedias, y así...
(Pieter Brueghel - Dance around the Maypole)

Los informativos se han convertido en “reality shows” de las miserias humanas, con breves pantallazos de la realidad (tan breves que impiden comprenderla). ¿Hay un complot para transformar a la gente en estúpida? Bueno, yo creo que si a la gente se la trata como estúpida el tiempo suficiente, finalmente terminará por convertirse realmente en estúpida.

Algo distintivo de esta televisión basura es su aparente falta de “mensaje”. No hay diatribas contra el comunismo internacional como había en las series de los años 50 y 60, no hay una apuesta concreta por determinada ideología. Lo que prevalece es el vacío, la incertidumbre, y el miedo (al terrorismo, a las inundaciones, a las sequías, al dengue, a la gripe A, a los asaltos, etcétera), ese gran paralizante.

Pero... ¿cual es el “mensaje” de los concursos de canto, de los telechats, de las comedias caribeñas? Bueno, el “mensaje” es que no hay “mensaje”. El “mensaje” es que no se precisa ir más allá de la superficie de las cosas, porque debajo de la superficie no hay nada. La idea es que el espectador se olvide de decodificar, porque no hay nada que decodificar; todo está a la vista, lo que se ve es lo que hay, y lo que hay es Nada.

Pero cuando el individuo pierde la capacidad de decodificar la información, pierde la capacidad de pensar. Y cuando el individuo pierde su capacidad de pensar, deja de ser un individuo para convertirse en integrante de un rebaño.

A un grupo de individuos pensantes no se le puede llevar a cualquier lado. A un rebaño sí. A un rebaño se le arrea al grito, con perros y caballos, con bretes y alambrados se le lleva donde fuere, aún al matadero. Y los arrieros de estos rebaños humanos de hoy, son los medios de comunicación de masas. Son ellos los que los llevan a los corrales del consumo (“regalále un celular a mamá porque ella te llevó al parque aquella vez que le dolía la cabeza”) y a los del no-pensamiento (“si querés que Carlitos salga de la Academia mandá un mensaje al teléfono tal y cual”), poniendo en su cerebro preocupaciones sustitutivas de las reales.

Los medios de comunicación de masas trabajan en equipo, no en vano muchas radios, diarios y televisoras (en otros países, también editoriales, ojo) tienen los mismos dueños. Ayer escuchaba obligado Emisora Del Plata, una de las radios que el magnate mexicano Ángel González le compró a Miguel “Escuadrón” Sofía, y me encontraba con varias muestras de esta vacuidad y este entrelazamiento de los medios a los fines del consumo.

Por un lado, noté que la mayoría de los temas musicales que se emitían, pertenecían a artistas que estaban haciendo o por hacer giras internacionales (Shakira, Police, etc.), o actuaciones en el medio local (Virus, etc.). Por otro lado, al igual que miles de radios en el mundo entero, estaba el asunto de “la pregunta del día”. A lo largo de toda su programación de 24 horas, los locutores de Del Plata incitan a su audiencia a contestar una pregunta dada. Ayer se trataba de “¿Existen las mentiras piadosas, o todas las mentiras son mentiras por igual?” (otras preguntas posibles: “¿Puede existir la amistad entre el hombre y la mujer”?; “¿Cual fue tu ‘momento más inolvidable’?”). Y la gente llamaba y opinaba. ¿Se entiende el mecanismo? El asunto es poner a la gente a pensar pavadas (en otra radio el conductor llama por teléfono al ex novio de una chica para pedirle que vuelva con ella, por ejemplo).

Pero además, también nos encontramos con que no sólo ésta, sino casi todas las radios, pasan mayormente canciones viejas. Nunca se escuchó tanto “oldie” como ahora, y el mensaje también está claro: pensá en el pasado, sé feliz, olvidáte de tus problemas de hoy, recordá los buenos tiempos de la juventud. Claro que los programadores de todas esas radios me dirán que no es así, que lo que hacen es pasar lo que a la gente le gusta, o lo que la gente pide (como hace M24, por ejemplo). Pero el resultado es el mismo.

Hace 40 años, las radios eran distintas. Se peleaban por conseguir las novedades antes que otras. Los Rupenián tenían un tipo en Londres que les mandaba los últimos discos de Los Beatles por avión. Rubén Castillo no sé como hacía, pero también se las ingeniaba para conseguir las últimas novedades de los artistas que valían la pena; y por si fuera poco, todos los domingo llevaba a la televisión a los artistas uruguayos a cantar sus últimos temas. En aquella época las radios no miraban al pasado, miraban al presente y al futuro (y hoy pasan “oldies” a pesar de que disponen de todo lo último con un simple “click” en la pantalla).

Luego vino la noche negra de la dictadura, pero aún en ese medio tan hostil, brilló resplandeciente la luz de “la 30” de José Germán Araújo, produciendo algunos (muchos) de los mejores programas de la historia de la radio uruguaya. Al volver la democracia, las luchas intestinas en el Partido Comunista terminaron echando a Germán y llevaron a que la 30 se hiciera el hara-kiri. Hubo luego otras experiencias radiales muy positivas (la de la Panamericana y la de El Dorado, por mencionar algunas), pero fueron cada vez menos.

Hoy, si exceptuamos a las emisoras del Sodre y a algún que otro programa perdido por ahí, la mayoría de las radios uruguayas de AM se dedican a hacer “revistas”, y las de FM han adquirido el formato internacional de “radio pasadiscos”, de radios “lavacerebros” (y si se siguen extranjerizando, ese formato se seguirá extendiendo).

En fin, que esto da como para escribir un libro, y seguro que alguien ya lo ha hecho. Por ponerle un final a esta reflexión, he de volver a la tesis que he planteado al principio: “si a la gente se la trata como estúpida el tiempo suficiente, finalmente terminará por convertirse realmente en estúpida.” Por eso hay que buscar urgentemente la manera de revertir éste perverso proceso de estupidización masiva. Televisión Nacional está luchando en ese sentido, el futuro canal 8 del MEC, si se encara debidamente, puede darle un impulso importante a esta lucha contra la estupidización masiva. Y la tarea es urgente, mas no sea por un simple interés político-partidario. Porque los estúpidos también votan.
Leer más...

159.ANTE EL TERCER MILENIO

Roberto Fernández Retamar

El mero uso de la expresión “tercer milenio” indica que hemos aceptado, en algo tan fundamental como la articulación del tiempo, la perspectiva occidental, la perspectiva de una de las muchas culturas que ha conocido la historia.

Pregúntese hoy a un auténtico vietnamita, un auténtico maya o un auténtico hebreo (para mencionar sólo unos pocos casos, y evocar sólo preguntas que he hecho) y responderán lo que es obvio: que para ellos la Humanidad en su conjunto no está ante su tercer milenio, pues hay otras muchas formas de medir el tiempo. Nosotros, sin embargo, nos valemos normalmente de aquella expresión. Y también nos valemos normalmente de idiomas que en cierta forma tienen similares raíces. Bien sabemos que esos instrumentos intelectuales empezaron a ser trasvasados hace 500 años a este Hemisferio donde vivimos. Y aunque ello muestra nuestros inocultables orígenes coloniales, no nos corta del resto de los seres humanos. Por el contrario, nos vincula a ellos. Volvamos por un instante a la cuestión de los idiomas.

Español (que antes se llamó castellano) y portugués (que es la otra cara del gallego) fueron, como sabemos bien, dialectos que hace cosa de un milenio (es un decir) se desgajaron del latín. Y a su vez el latín se desgajó de una lengua previa, llamada a posteriori “indoeuropea”, de la que provienen la mayoría de los idiomas hablados hoy en Europa, con excepciones como el vasco (que probablemente ya se hablaba cuando llegó el “indoeuropeo”), el finés y el húngaro, cuyo antepasado fue llevado por las invasiones mongólicas: no en vano “Atila” es nombre simpático en húngaro. Del “indoeuropeo” provienen también lenguas asiáticas como el sánscrito y el persa.

Ni siquiera sabemos cómo llamaban al “indoeuropeo” quienes lo tenían como idioma materno. En general, es bien poco lo que se conoce de él. Saussure, quien no sólo echó las bases de la lingüística moderna (lo que no hace culpable al pobre de las gansadas dichas después supuestamente en su estela), sino que además fue una especie de Mozart de esa disciplina, no había cumplido aún veinte años cuando dio a conocer su Memoria sobre el vocalismo indoeuropeo, que reveló el sistema vocal de aquel idioma. Y algún sabio imaginativo (como suelen serlo los mejores) se atrevería después a conjeturar cómo debió haber sido una fábula indoeuropea. Pero sabemos menos de esa lengua que de los dinosaurios. Sabemos, sí, que éstos existieron hace millones de años, y aquélla hace millares.

Sólo que si unos se extinguieron, de la otra no puede decirse en rigor que se extinguió (como sí se extinguieron el hitita o el córnico, pues no dejaron descendencia conocida), sino que se transformó. ¿Qué fueron el sánscrito, el persa, el griego, el latín, el germano, el sajón sino formas que, en épocas más recientes, asumió el “indoeuropeo”? Y el español o el portugués (como el gallego, el catalán, el francés, el italiano o el rumano), ¿qué son sino formas que asumió el latín? Por lo que, cuando en nuestra América nos valemos del español o el portugués, que durante la mitad de sus vidas hemos reelaborado también nosotros, no hay manera de que nos sintamos utilizando una lengua extraña. En ambas orillas del Atlántico tenemos el mismo derecho a decir que somos dueños de idiomas que, en última instancia, con respecto al muy añoso “indoeuropeo”, son para decirlo con un término del venerable sánscrito, avatares suyos.

Las lenguas en forma alguna están maridadas con etnias fijas. No sólo hay incontables ejemplos individuales de esto (el primer gran escritor ruso fue el mulato Pushkin, y ningún poeta actual escribe un inglés más puro e intenso que el del mulato Derek Walcott, mientras la poesía en español no tuvo acentos más hondos que los que le dieron los cholos Rubén Darío y César Vallejo), sino sobre todo incontables ejemplos colectivos: véase el caso del español, que en Europa, América, Asia y África es hablado por las comunidades más diversas. Por ello, el criterio según el cual la lengua “indoeuropea” habría sido hablada sólo por una supuesta raza “indoeuropea” (criterio que sirvió de base a las teorías racistas) carece de toda base científica. Por el contrario, como tantas otras realidades culturales, los idiomas se desentienden de esas estrecheces y ratifican la esencial unidad del ser humano.

Puesto que he utilizado el término “cultural”, me detendré en el vocablo “cultura”, tomado ahora como el sistema de producciones y relaciones de una determinada sociedad humana. En este sentido, es notorio que la Humanidad ha conocido varias grandes culturas, muy diversas entre sí, pero que en sus respectivos momentos de esplendor se estructuraron en torno a unas pocas formaciones económico-sociales. No perderé el tiempo repitiendo lo que todo el mundo sabe.

Simplemente recordaré que una sola de esas grandes culturas alcanzó dimensión mundial: la cultura occidental. Y que, a diferencia de los casos anteriores, a su formación económico-social correspondiente, el capitalismo, tan sólo ella llegó de modo directo. Además, como tal formación requirió para su desarrollo el saqueo del resto del planeta (tal fue el procedimiento por el que alcanzó dimensión mundial), hizo imposible en éste, en general, desarrollos similares al suyo. En todos los continentes, numerosas culturas se erigieron en torno a modos de producción esclavista, feudal o “asiático”. Pero sólo Occidente, en Europa, accedió al modo de producción capitalista, y al hacerlo sofocó accesos similares en otros sitios. Fuera de Europa, grandes desarrollos capitalistas sólo conocerían países como los Estados Unidos, Canadá y Australia, que fueron colonias de Inglaterra, el país capitalista por excelencia hasta este siglo.

Los colonizadores ingleses, en calidad de “pueblos trasplantados” (como diría Darcy Ribeiro), aniquilaron allí al grueso de las poblaciones aborígenes y trasladaron y a veces incrementaron las estructuras de la metrópoli. También esos países forman parte hoy de “Occidente” (que hace tiempo dejó de tener connotación geográfica), y en lo sustancial están poblados por “blancos”: las criaturas que ellos llaman “de color” han sido allí, si no exterminadas, marginadas. Hay, sin embargo, una gran excepción: la del Japón, el cual, debido a un involuntario equilibrio de las grandes potencias en torno suyo, logró escabullirse e impulsar una original evolución de su feudalismo hacia un capitalismo propio y fuerte. El interesante caso de los “dragones asiáticos” no permite aún, por cercano e indeterminado, un juicio suficiente. pero tanto Japón como esos “dragones”, y por supuesto África del Sur o Israel, otros “pueblos trasplantados”, también forman parte de “Occidente”.

No así el resto de los países, donde vive la gran mayoría de la Humanidad. Hoy, más que “Occidente”, se tiende a llamar “Norte” a los escasos países de gran desarrollo capitalista, y “Sur” al conjunto numeroso de los otros. Como la explotación de estos últimos hizo (hace) posible la riqueza de los primeros, propuse hace un cuarto de siglo que a éstos se los llamara “subdesarrollantes”, ya que la ONU había bautizado a los segundos como “subdesarrollados”, e incluso (oh imaginación) “en vías de desarrollo.

Un sólido vocero de la reacción, la revista Time, dedicó su entrega especial de otoño de 1992 al tema Más allá del año 2000. Qué esperar del nuevo milenio. Se trata de un número que no tiene desperdicio, no sólo si se quiere saber cómo ve la derecha el porvenir, sino también el pasado: siempre, desde luego, de acuerdo a sus intereses. En uno de los artículos de esa entrega se dice: El triunfo del Oeste fue en muchos aspectos una sangrienta vergüenza: una historia de atrocidad y rapiña, de arrogancia, avaricia y expoliación ecológica, de desdén hybrístico hacia otras culturas e intolerancia hacia creencias no cristianas (pag. 18) “A confesión de parte, relevo de pruebas”, dice una vieja fórmula jurídica. Sólo hay que modificar un punto en las palabras de Time: el uso del pasado. Tal infamia no es lo que fue: es lo que es, para el resto del planeta, la situación en que el Oeste lo colocó y en que vive ahora.

El Oeste (el capitalismo) ha significado enriquecimiento material para zonas de unos cuantos países que se pueden contar con los dedos de un ser humano (aunque incluso en esos países hay grandes áreas de explotación, pobreza y prejuicios), pero sobre todo ha significado violencia y opresión para la inmensa mayoría de la Humanidad. Aplastó en todas partes (América, África, Asia, Oceanía) culturas a veces grandes; sigue aplastando hoy a sus sobrevivientes.

Desencadenó en 1914 la más sangrienta y devastadora guerra que nunca ha existido y no ha terminado, pues si conoció ya dos períodos bélicos (1914-1918, 1939-1945), parece en vísperas de un tercero, que daría al traste con el experimento humano. Mediante la imposición de un capitalismo degradado, periférico, ha sembrado el mundo de pobres: hoy lo son dos de cada tres personas; si las cosas no cambian, al comenzar el próximo siglo lo serán tres de cuatro, y a mediados de este siglo, nueve de cada diez. La inmensa mayoría vive y vivirá en el Sur, donde la delgada capa de ricos ha logrado ese nivel casi siempre por su complicidad con el Norte, del que se siente integrante, y no de sus pueblos.

Por otra parte, si del infierno de la guerra mundial desencadenada en 1914 brotó en 1917, en el arcaico imperio zarista, el más dilatado y ambicioso proyecto socialista nunca acometido, el fracaso de tal experimento, tras las invasiones que padeció, la prematura muerte de Lenin, los crímenes del estalinismo y al cabo el abandono del proyecto, propinó el más duro golpe que han recibido las esperanzas anticapitalistas, socialistas.

Es decir, que tanto en su vertiente indudablemente principal, la capitalista, como en su otra vertiente, que se opuso a aquélla, el experimento socialista ruso, el fracaso de la civilización europea (y sus ramificaciones en otras partes) ha conducido a la Humanidad a un callejón al parecer sin salida.

Recordemos algunos rasgos del mundo de hoy: la presunta descolonización que siguió al segundo período de la Guerra Mundial, llevó a la gran mayoría de las colonias tradicionales de ayer a ser no países liberados sino neocolonias, explotadas gracias a mecanismos como el intercambio desigual y la deuda externa; en períodos cortos mueren de hambre o enfermedades curables tantos niños como seres humanos perecieron asesinados en 1945 en Hiroshima o Nagasaki, mientras millones de otros niños deambulan sin hogar, se les prostituye, se les compra para vender sus órganos o se les mata como ratas; epidemias que se creían medievales regresan a pasos agigantados, y se les suman otras nuevas como el sorprendente SIDA, acaso producido por el propio ser humano; se multiplica el azote diabólico de las drogas, estimuladas por el mercado sin entrañas y consumidas para olvidar el oscuro presente; renacen xenofobias y racismos espantosos, vergüenzas que se creía haber dejado atrás; se extinguen incontables especies animales por el animal humano, sobre todo en su variedad occidental o norteña, quien por añadidura está provocando ambientes donde también a él la sobrevivencia amenaza con hacérsele imposible.

Como es lógico, la gran mayoría de estos males aqueja sobre todo a los países del Sur. Ello explica que los habitantes del Sur se estén trasladando de modo masivo al Norte (y ocurre incluso dentro de muchos países donde hay un Sur y un Norte locales). Es decir, que cuando el Norte se cree vencedor en todo, y hasta le dicen que ha llegado el fin de lo que Stephen dedales llamó “la pesadilla de la historia”, sus ciudadelas están rodeadas por millones de hambrientos que vienen del Sur. En vano el Norte levanta barreras para impedir su entrada u organiza pogroms cuando ésta ha ocurrido.

Parecería, digo, que la Humanidad se encuentra ante un callejón sin salida. pero ello no sólo no nos exime de mirar de frente la gravísima situación, sino que nos obliga imperiosamente a hacerlo. ¿Será posible que, ante el lamentable estado en que ha venido a parar la cultura occidental, podamos poner nuestras esperanzas en otra cultura distinta, que le sucedería en el planeta? Ante esta pregunta, y con el inevitable carácter conjetural que están obligadas a tener las palabras en un caso así, mi respuesta es tanto afirmativa como negativa. Paso a explicarme.

Occidente ha resultado ser la última gran cultura parroquial de la Historia. Después de ella, ya no será posible ninguna otra cultura parroquial. La llamo así porque, como todas las anteriores, surgió en una comarca limitada; y, como aquellas culturas, ha vivido tomado en consideración los intereses de unos pocos, e incluso ha establecido barreras férreas entre sus escasos beneficiarios y las grandes mayorías de cuya explotación inmisericorde se ha nutrido y se nutre. No en balde si la horrible e inconclusa guerra mundial encendida en Europa es acaso su gran aporte práctico, entre sus más conspicuos aportes intelectuales se cuenta su implacable exposición y defensa del racismo; éste sería desarrollado a partir del siglo XVI, como alibi de la presunta misión civilizadora con que disfrazó el despojo de la Tierra a fin de amasar sus riquezas.

En este sentido, lo único que distinguió su terrible faena de las de otras civilizaciones fue la cantidad. Pero cantidad tan enorme que le dio horizonte mundial. Y por ello, a partir del actual imperio de Occidente (que ahora se perfila trifronte, con extremos en los Estados Unidos, Japón y Alemania), no podrá haber más que una sociedad postaccidental, que deberá asumir un rostro realmente ecuménico. En relación con esa futura sociedad ecuménica, las zonas del mundo que han sido explotadas por Occidente y que, por supuesto, no forman parte de su cogollo, como es el caso de nuestra América, sólo tienen un destino posible.

Este destino es el de colaborar al advenimiento de la sociedad del mañana. Y ello lo haremos sin abandonar torpemente (lo que por otra parte es imposible) las numerosas conquistas intelectuales de la Humanidad, la mayoría de las cuales nos llegaron a través de occidente, o incluso fueron producidas en su seno, pero son ya tan nuestras como suyas. ¿No se ha visto así en lo tocante a los idiomas? Que en esto, como en otras cosas, nos sirva de guía el propio Occidente, el cual, por ejemplo, conoció el pensamiento griego gracias al mundo árabe, lo que no le impidió proclamar luego a Grecia (no al mundo árabe) como su antepasado orgánico, cosa que por supuesto no es cierta: es otra invención occidental. “Injértese en nuestras repúblicas el mundo”, dijo también Martí añadiendo enseguida: “pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

Esa cultura, civilización o sociedad postaccidental, la única no parroquial, que estamos obligados a construir, no podrá elaborarse en torno a la osamenta de Occidente: el capitalismo, un barco herido (y heridor) de muerte. Habrá que ensayar de nuevo, esta vez a escala mundial, una estructura más justa y generosa, que es lo que implica el socialismo. El fracaso del experimento ruso (un fracaso que empezó hace muchas décadas, aunque no lo viéramos precipitarse ante nuestros ojos) se suma a otros fracasos anteriores o paralelos, como el de la Comuna de París, el de la Revolución Rusa de 1905, los conatos de Alemania y Hungría después de 1918 o la España derrotada del 39. Son rudos golpes, pero no son el fin de un proyecto que renacerá mil veces si fuera necesario. Además, quedan oasis amenazados pero no vencidos. Y no tengo que insistir que escribo desde uno de ellos, desde Cuba. Aunque debo insistir en que no escribo pensando sólo –ni primordialmente- en Cuba. Si, debido a la revolución comenzada en 1959, que afectó intereses de nuestra metrópoli, el país donde nací y vivo conoce dificultades grandes, no son menos grandes las dificultades que conoce nuestra América en su conjunto, e incluso el mundo todo.

Hay que acostumbrarse a pensar y sentir con entrañas de Humanidad, como Martí nos enseñó a hacer. De lo contrario, los seres humanos estamos perdidos. Y si el horizonte de la Humanidad no puede ser el de la cultura occidental que se pretende mundial, tampoco puede serlo el de nuestra etnia o tribu. Ejemplos de ambos desvíos nos los ofrecen las guerras calientes que siguieron a la Guerra Fría. La Guerra del Golfo supuestamente fue una guerra de la Naciones Unidas contra uno de los tiranos que el Norte no se ha cansado de crear o apuntalar: en realidad, fue una nueva y atroz guerra del Norte, a la que se unieron algunos cipayos del Sur, para garantizarse, entre otras cosas, el control del petróleo. Por otra parte, las guerras interétnicas que tienen lugar en lo que fueron la Unión Soviética y su esfera de influencia, revelan el fracaso de un universalismo abstracto que se trató de imponer artificialmente en aquellas zonas y a la postre no hizo sino exacerbar reacciones locales de incalculables consecuencias negativas.

Es deber nuestro impugnar ambas guerras. E incluso, en lo que toca al primer tipo de ellas, luchar activamente contra lo que aquella Guerra del Golfo mostró sin ambages: la contradicción creciente, en el seno del Norte, entre los Estados Unidos, que pusieron lo esencial de las fuerzas militares, y Alemania y Japón, que las pagaron (no pudiendo hacerlo los Estados Unidos, que siguen siendo la primera potencia militar del mundo, pero que ya no son la primera potencia económica. Si no se detiene el crecimiento de esa contradicción, basada en último extremo en la voluntad de repartirse de nuevo un mundo ya repartido, ella conducirá inexorablemente al tercer período de la Guerra Mundial, que será su último período y el fin de la Humanidad.

En la lucha contra ese tercer período, que ocurriría al principio del “tercer milenio” (para la humanidad no habría otro), tenemos que participar cuantos, en el Norte y en el Sur, estamos convencidos de que el capitalismo no tiene porvenir, y podrá arrastrar (está arrastrando ya) en su inexorable caída al experimento humano, que tanto ha costado al pobre y grandioso y al parecer único Cosmos. ¿Le damos una mano a los hombres y mujeres de buena voluntad que compartimos este asendereado planeta, o nos sentamos, culpables, a ver qué incalculable horror le dejaremos en herencia a nuestros inocentes nietos, por no haber sabido defender nuestros sueños, que son la materia de que está hecha la vida?

La Habana, Diciembre de 1992

Forma parte de: América Latina: El desafío del tercer milenio (Ediciones del Sol) Buenos Aires
(Tomado de la revista digital Malabia)
Leer más...

158.LOS NOMBRES DE AMÉRICA

Andrés Capelán

En una nota al pie de su artículo “La nueva Suramérica” en el número de Abril de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet explica: “El concepto de Suramérica, del que se proclama partidario el bolivarianismo venezolano, rebasa el de ‘América Latina’. Porque reconoce la participación de las naciones indígenas y de los afrodescendientes; y abarca a países y territorios cuya ‘latinoamericanidad’ sigue siendo cuestionada. En otras palabras, el concepto tradicional de ‘América Latina’ se queda corto para definir el espacio suramericano como conjunto de realidades, desde Río Grande y el Caribe hasta la Tierra de Fuego.”



Tal cual. Pero vayamos viendo de a poco. Primero tenemos que éstas tierras eran “La Indias”, que con ese nombre se las menciona en los documentos españoles de la época de la conquista. Sus habitantes eran los “indios”, y los europeos aquí radicados eran llamados “indianos” (ver zarzuela “Los Gavilanes”). Cuando los europeos se dieron cuenta de que esto no era la India, comenzaron a usar la expresión “Indias Occidentales”, la que perduró durante siglos, sobre todo fuera de la península ibérica.

Pero ya por 1507, el cartógrafo alemán Martín Waldseemüller escribió arriba del dibujo de estas tierras el nombre “América”, una latinizacion del nombre de Américo Vespucio, el primer explorador que se dio cuenta de que esto era un nuevo continente.

Geográficamente hablando, América se divide en Norte, Centro y Suramérica. Pero desde el punto de vista cultural la parte de América que está debajo de los Estados Unidos de idem. usualmente se denomina Latinoamérica, Iberoamérica, o Hispanoamérica, y las tres cosas son distintas.

Según parece, la primera vez que se registró el término Latinoamérica fue en 1856, en una conferencia del filósofo chileno Francisco Bilbao y en un poema del escritor colombiano José María Torres Caicedo, pero no pongo las manos en el fuego por esos datos, que los encontré en la Wikipedia.

El uso del término Latinoamérica o América Latina fue impulsado por el Imperio Francés de Napoleón III durante su Invasión a México, como forma de mantener a Francia entre los países con influencia en el continente luego de la independencia de Haití, la pérdida del Canadá a manos de los ingleses y de vender la Luisiana a los Estados Unidos. Luego, los historiadores franceses y sus seguidores continuaron usando ese cómodo termino, que geográficamente abarca todo el territorio comprendido desde Tierra del Fuego hasta el Río Grande, y la provincia canadiense de Quebec (aunque a ellos no les guste), pasando por las Antillas.

Pero a los españoles, después de que –al no encontrar elefantes– se dieron finalmente cuenta de que esto no era la India, no les convenció nada eso de Latinoamérica, entonces inventaron la palabra Hispanoamérica para referirse exclusivamente a sus ex colonias. Los portugueses no quisieron ser menos, entonces comenzaron a hablar de Lusoamérica, pero el término no tuvo mucho suceso. Atando a las dos moscas por el rabo, surgió entonces el más reciente nombre que se le da a estas tierras: Iberoamérica, el que incluye a las ex colonias de los dos países que se dividen la Península Ibérica.

Pero claro, todos estos nombres (Latinoamérica, Hispanoamérica, Iberoamérica) son bien eurocentristas, ya que dividen al continente según quien lo colonizó. A mi me gusta mucho más la expresión Suramérica o mejor aún Sudamérica, que suena más elegante. Por supuesto que más allá de la elegancia, el asunto es como dice Ramonet, que los otros nombres que nos dan allá y nos damos acá, son bastante irrespetuosos para con los americanos de verdad y para con los que fueron hechos americanos a prepo, por decir lo menos.
Leer más...

157.VIAJE AL FONDO DE JOHN CHEEVER

Esto parece el infierno
Por Rodrigo Fresán (Radar)


Alcohólico, bisexual, culposo, voyeur en la clase alta de los cócteles y las casas de verano, espía en la clase media de los suburbios, autodidacta, ajeno a la celebridad y el escándalo pero de una vida privada atormentada, admirado por sus colegas, subvalorado por el mercado, John Cheever era un escritor que, a casi treinta años de su muerte, esperaba una biografía que hiciera justicia a su vida.

Más de John Cheever en este mismo blog:
11.El mundo según Cheever
47.John Cheever, un grano de arena
63.El realismo poético de John Cheever

Finalmente, Blake Bailey publicó en inglés Cheever: A Life, un monumental trabajo para el que tuvo acceso a las versiones no depuradas de sus ya dolorosos Diarios. Mientras en Argentina vuelve a circular desde hace algún tiempo la totalidad de su obra, Radar se sumerge en las 800 páginas de la biografía (de improbable pero esperada traducción) y reproduce un texto inédito en castellano y recientemente recopilado en las obras completas norteamericanas.

Ya existía una biografía del escritor norteamericano John Cheever publicada en 1988 y firmada por Scott Donalson, responsable también de una vida de Francis Scott Fitzgerald y de un ensayo sobre su “amistad peligrosa” con Ernest Hemingway.

Y lo cierto es que aquella John Cheever: A Biography no estaba mal y, además, tuvo el privilegio de ser la primera. Pero enseguida se supo que había sido elegantemente boicoteada por la familia de Cheever, que no facilitó papeles privados acaso temiendo que interfiriera con la publicación de los formidables Diarios del escritor y de volúmenes de cartas y memoirs de los herederos.

Ahora, más de veinte años después, con los cajones vacíos y plena colaboración de la parentela, llegan las casi 800 páginas de esta vida monumental y tristísima que se lee como una gran novela.

Y está claro que Bailey, quien hace unos años ofreció una excelente biografía de Richard Yates, otro escritor de la angustia epifánica y la melancolía eufórica, hizo muy bien su trabajo y nada hace pensar que vaya a hacer falta otro libro sobre las idas y vueltas de este hombre eufóricamente melancólico. Y queda claro también que la inicial versión de la historia de Scott Donaldson es un inofensivo musical de Walt Disney comparado con el sonido y furia y dolor y culpa que aquí ruge y susurra.

Abandonen toda esperanza lo que se atrevan a entrar aquí, porque aquí están todos y todo.

Los blues alcohólicos de un bisexual culposo, el orgullo de un genio autodidacta, las humillaciones de alguien que casi hasta el final fue considerado apenas “un escritor para revistas”, el hombre que amaba pero no podía soportar a los suyos (en especial a su alguna vez idolatrado hermano, y todo parece indicarlo, primer amante), el fabricante en serie que despreciaba sus cuentos perfectos mientras soñaba con la perfección de novelas consideradas siempre imperfectas por los adoradores de sus cuentos perfectos, el falso aristócrata hijo de una familia humilde, el eternamente expulsado, el celoso del éxito de sus colegas, el nudista serial en piscinas propias y ajenas, el celoso amante siempre en celo, el sátiro fantaseador y romántico, y el extraviado que confesaba a las páginas de su diario que “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado y tomo mis disfraces demasiado en serio”. Y, demasiado cerca del adiós, finalmente, el hombre que muere respetado y celebrado y admirado por colegas y lectores pero, aun así, insatisfecho y dolido.

Y aquí están también las reveladoras y hasta ahora desconocidas “confesiones” (Bailey es el primero que tiene acceso a la totalidad de los diarios, constantemente citados y alcanzando en este libro una voz cheeveriana y narradora, como la de sus mejores relatos) así como las muchas y sorpresivas revelaciones: los Cheever se mudaron a una casa en la que alguna vez vivieron el joven Richard Yates y su casi alucinada madre; un difuso affaire de Cheever con Harold Brodkey; la suegra de Salinger fue baby-sitter de los hijos de Cheever; la relación amor-odio con John Updike (quien firmó la única reseña no del todo favorable de Cheever: A Life, publicada de forma póstuma en The New Yorker); la tremenda historia del joven mormón y aspirante a escritor Max Zimmer, amante casi “oficial” durante los últimos años de Cheever; el modo en que William Maxwell “estafó” durante años a Cheever pagándole mucho menos que a otros escritores de The New Yorker como Shaw y Updike y Hazzard, siendo la clínica exploración de esta “amistad” hasta ahora legendaria y desmenuzada por Blakey en todo el esplendor de sus perfiles sadomasoquistas y pasivo-agresivos uno de los puntos más fuertes y apasionantes de Cheever: A Life.

Y, sí, Bailey siguiendo a Cheever luego de haber alcanzado a Yates parece haberse especializado en contar vidas muy sufridas. De hecho, ése es uno de los peros que Updike le pone a Cheever: A Life: el ser una virtual avalancha de momentos duros y vergonzantes y desesperanzados a los que ni siquiera las ciento y algo de páginas finales en las que Cheever “triunfa” públicamente parecen redimir o iluminar. Updike está en lo cierto, pero así es la vida y así fue la vida de Cheever. Un poderoso hombre débil que aun en la más oscura noche del alma encuentra la fuerza para admirar la lluvia, la luz, la capacidad salvadora de la literatura y quien, de algún modo, se sabe dueño justo de la prosa más exquisita entre los escritores de su generación y, si nos ponemos audaces pero no por eso imprudentes, practicante, línea a línea, de la escritura más elegante y encendida en toda la historia de las letras de su país.

Y el libro de Bailey, que cierra con un capítulo sobre el actual estado de las cosas con la mala nueva de que Cheever, una vez más, vuelve a ser muy poco leído en su patria y, a diferencia de lo que ocurre en el extranjero, poco considerado por los jardineros del canon, viene acompañado por la buena noticia de la tardía pero más que merecida entrada de Cheever en el cielo de la inmortalizadora The Library of America.

Allí, a partir de ahora, yacen inquietos dos paradisíacos volúmenes también supervisados por Bailey, suyas son las notas y la cronología conteniendo uno de ellos sus cinco novelas (Crónica de los Wapshot, El escándalo de los Wapshot, Bullet Park y Esto parece el paraíso) mientras que otro cobija buena parte de su obra cuentística (incluyendo tanto al ya legendario “Big Red Book” The Stories of John Cheever, publicado en nuestro idioma como Cuentos 1 y Cuentos 2 así como textos jamás recopilados hasta ahora en forma de libro). Y la verdad que el completista obsesivo esperaba un poco más de este segundo tomo, ya que los materiales “nuevos” (entre los que se incluye el epifánico ensayo sobre la mudanza a los suburbios, territorio que no demoraría en ser considerado el “Cheever’s Country” y que el autor elevaría a incumplidora Tierra Prometida en relatos clásicos como “El marido rural” o “El nadador” entre otros) no son abundantes. De acuerdo, hay varios ensayos poco conocidos (como la soberbia conferencia “The Melancholy of Distance”, donde Cheever recuerda una visita a la casa de Chejov en Yalta o el “What Happened” donde se evoca la génesis de Crónica de los Wapshot) y otros tan clásicos (el breve pero firme credo estético de “Why I Write Short Stories”), pero uno se queda con ganas de curiosear la entrevista que le hizo a Sophia Loren o sus artículos de viajes para Travel & Leisure. Y la frustración es mayor a la hora de los relatos dispersos. Uno fantaseaba con la publicación total del material no recogido (más de setenta relatos dispersos, ésa era la idea del jurídicamente cancelado The Uncollected Stories of John Cheever de finales de los años ’80) y lo que aquí se rescata es, apenas, catorce cuentos. Y, de acuerdo, está ese perfecto debut que es “Expelled” (en el que un Cheever de dieciocho años narró la expulsión de su colegio) pero dónde está el tardío y experimental “The President of the Argentine” (donde Cheever parece burlarse de Bathelme, Barth, Coover & Co. a la vez que demuestra que él, supuesto conservador, siempre fue el más vanguardista de todos).

Pero, claro, todas éstas son falencias que podrán resolverse en un tercer tomo de la Library of America.

Mientras tanto y hasta entonces, disfrutar y sufrir con lo mucho que hay aquí: la odisea de un inmenso artista con complejo de inferioridad, la trayectoria de un gigante atormentado por su baja estatura pero aun así orgulloso de ser “un CHEEVAH” que, como ese poeta italiano que tanto le gustaba citar con pésimo acento y botella de gin en la mano, descendió a los infiernos por el solo placer de, al final del viaje, alcanzar el paraíso y contemplar y describir, emocionado, las estrellas. Y como el fugitivo Ezequiel Farragut al final de Falconer decirse y decirnos “Alegrémonos”.

Leer: Cuatro cuentos de John Cheever
Leer más...

156.LOS BEATLES Y LOS STONES, AMIGOS Y CONSTRUCTORES

Eric Clapton, John Lennon, Mitch Mitchel y Keith Richards en el R.S.R.&R.C. (ver)

Los Beatles y los Rolling Stones fueron los protagonistas de la primer globalización de la música popular. En efecto, nunca hasta entonces (sexta década del siglo XX) los músicos populares habían sido tan populares. Y ello no sólo fue así debido al desarrollo alcanzado entonces por los medios de comunicación de masas y la industria discográfica, sino porque los tipos eran fieles intérpretes de la sociedad de su tiempo. En el blog Vagabundia hay abundante material sobre estos asuntos. De allí he tomado la siguiente entrada, que habla de la falsa oposición entre Los Beatles y los Rolling Stones y de otras maravillas dignas de recordar, por unos, o de conocer, por otros.

La guerra de las jotas

J. Miur (Vagabundia)

Era septiembre de 1963, la discográfica Decca necesitaba que una banda recién contratada grabara algo y que fuera un éxito. Algunos dicen que Paul y John les ofrecieron la canción; otros que el manager Andrew Loog Oldham los buscó y les solicitó ayuda; sea como sea, los dos Beatles fueron a un ensayo y mostraron un tema en el que estaban trabajando. A los músicos les gustó pero la compañía no estaba convencida porque no estaba terminado. Se metieron en una habitación contigua y al poco tiempo volvieron con la canción terminada. Resuelto el problema, unos días después lo grabaron y salió a la venta en noviembre: se llamaba I wanna be your man y era interpretado por The Rolling Stones. Luego de los éxitos de los primeros sencillos, a fines de ese mismo año sale Please please me, el primer álbum de The Beatles y cuatro meses después el segundo: With The Beatles donde Ringo Starr hace una versión de I wanna be your man.

Para ese entonces, The Beatles eran el referente inevitable y los Stones intentaban encontrar su propio camino en un estilo que estaba haciendo furor en Londres y que ya tenía muchos admiradores. Todavía luchaban internamente por el control del grupo, por un lado Brian Jones, su fundador, admiraba el blues tradicional; por otro, Jagger y Richards intentaban agregar un sonido menos purista y más cercano al rock and roll. En cuanto comenzó a manejarlos, Oldham entendió que lo único que podía hacer era marcar las diferencias, crearles una imagen de chicos malos y acuñar frases como: "¿Dejaría que su hija se casara con uno de los Rolling Stones?". Era la forma de sobrevivir. Vender una idea: conformismo versus rebeldía ... otra vez las divisiones al servicio del dios dinero.

Durante los años que siguieron, esa supuesta batalla tuvo sus idas y vueltas. Fue real y fue fingida. Brian Jones era, probablemente, el más salvaje y talentoso de la banda y, como dicen, "inauguró la tradición de morir a los 27 años". Tal vez era el final anunciado de alguien que no pudo soportar los planes comerciales del mánager de la banda que había fundado. Tal vez, como alguna vez le contó a Lennon mientras grababan Rock and Roll Circus, simplemente estaba aburrido.

Octubre de 1969. Jimi Hendrix enchufa su guitarra e improvisa un blues. John Lennon se le une con otra guitarra y canta, Brian sonríe como no lo hacía en mucho tiempo "Formemos una banda nueva" se entusiasmó. Pero a los pocos días un asesor le recomendó: "No lo hagas, supondría el fin de la Jimi Hendrix Experiencie, los Beatles y los Stones, los tres grupos más importantes del pop británico. Cientos de contratos, giras, mánagers, representantes, publicidad. Millones de libras tiradas a la basura, ¿comprendes? Te aseguro que no te lo van a permitir". No hay grabaciones de los ensayos del grupo Lennon-Hendrix-Jones y todos los involucrados han muerto.

La interacción entre ambos grupos es variada; Jones toca el saxo en You know my name y participa en los coros de Yellow submarine. Lennon asiste al Rock & Roll Circus junto a Eric Clapton, Keith Richards, y Mitch Mitchell. Jagger aparece en la versión televisada de All you need is love; Lennon y McCartney cantan en los coros de We love you. En cada disco de los Stones hay una deliberada referencia a un disco previo de The Beatles.

El inicio del llamado rock psicodélico aumenta las tensiones y la aparición de Sgt. Pepper’s obliga a tratar de contrarrestar la hegemonía y aparece Their Satanic Majesties Requests. En 1968 The Beatles (White Album) y luego el "blanco" opuesto: Beggars Banquet (*). En 1969 Let it be y un poco después Let it bleed. Parece una guerra pero todo queda en familia. Apple y Decca son manejadas por la misma compañía, la ABKCO Managed Company.

En 1968, el mundo estaba al borde de la revolución. Rebeliones estudiantiles en París, la Primavera de Praga, los manifestantes desafían el establishment. Hay disturbios en Europa y en toda Latinoamérica. Son asesinados Robert Kennedy y Martin Luther King. El domingo 17 de marzo, Jagger, de 24 años, camina hacia Grosvenor Square. No es un buen momento personal. Está recuperándose del abuso de drogas; trata de salir de los problemas judiciales en que se ha visto involucrado. El album Their Satanic Majesties es criticado por casi todos, algunos lo acusan de simple plagio. Sgt Pepper y los Beatles están en la cima y hasta la afirmación de que son más populares que Jesús empieza a ser algo más que una broma. Tal vez, quiere confirmar su lugar como el rey demoníaco y al hacerlo, quedarse con el trono del pop.

En Grosvenor Square, la gente se reúne para protestar contra la guerra de Vietnam. Todo es un caos. La policía montada carga contra los manifestantes, explotan bombas, se tiran piedras, cientos de personas son detenidas. El verano del amor llegó a su fin. Jagger pasó a convertirse en el arquetipo de la estrella de rock. La imagen de revolucionario la construyó él mismo, ese día de 1968. Street fighting man apareció en agosto del 68. La BBC se negó a difundir la canción.

En ese tiempo, Lennon está muy lejos de Londres, meditando en la India. Para algunos, aparece divorciado de la realidad, tomando posiciones ambivalentes sobre las rebeliones violentas. "Una de las cosas que lamento más es que no haber concurrido a esa marcha. En retrospectiva, he querido que hubiéramos estado allí" declaraba años después. Como muchos otros, vio las escenas por la televisión y respondió con la primera canción abiertamente política de los Beatles, Revolution.

Aparecen The White Album y Beggars Banquet. Ambos discos son vistos como los mejores de ese año. Los "buenitos" versus los "malitos". Todos debían decidirse y decir de que lado de las calle se estaba. Uno podía ser cualquier cosa menos indiferente. Mientras John predica la paz y el amor, Mick es incendiario. Luchan para ser el alma del rock and roll, como si eso tuviera algún significado.

Jean-Luc Godard, quería hacer un película que retratara los disturbios y no se decidía entre los Beatles y los Stones. No tenía un guión. "Mi película tendrá un comienzo, un medio y un fin, pero no necesariamente en ese orden." Ambos grupos se mostraron interesados pero Godard escogió: "Teníamos a los Stones para un número limitado de días, costaban una fortuna"; la revolución es cara.

El desaire llevó a Lennon a decir: "that avant garde is French for bullshit". No dejaba de tener algo de razón; la película se estrenó en noviembre del 68 luego de muchas ediciones que la transformaron en un mero videoclip. Durante el estreno, Godard terminó peleándose a trompadas con los productores, acusándolos de fascistas y exigiendo que se le reembolsarán sus gastos.

Todo es muy confuso simplemente porque el blanco y el negro no existen. Visto a la distancia casi es obvio, pero en esos años revoltosos no parecía haber lugar para la sensatez:
--
(*)"Los Stones están cambiando, somos compañeros, trabajamos en lo mismo, ellos fueron presionados para modificar la tapa de su álbum cediendo a la presión de la compañía discográfica. Adentro se ve un banquete medieval decadente, nada que ver con las revueltas estudiantiles. Ellos y yo, estamos juntos. Sabemos que si algunos de los que hoy se llenan la boca hablando de revolución triunfaran, tanto nosotros como los Stones serían de los primeros a los que fusilarían. En lugar de intentar crear divisiones sobre los Beatles y los Stones es mejor pensar un poco más en grande y ver el mundo en que estamos viviendo; en lugar de sólo destruir debemos preguntarnos: ¿qué voy a construir?" decía John Lennon
Leer más...

155.STANISLAW LEM, EX-ESCRITOR

Stanislav Lem (Lvov, Polonia, 1921) es el escritor no anglosajón que más ha contribuido a la ciencia ficción moderna. Polémico y mordaz, sus opiniones sobre la ciencia ficción norteamericana le valieron la expulsión de la Science Fiction Writers of America a fines de los años 70, en una actitud de intolerancia desmesurada. Autor de clásicos como Solaris (1961), El invencible (1964) y Vacío perfecto (1971), a comienzos de 2002 el diario O Folha de Sao Paulo lo entrevistó con motivo de la nueva versión cinematográfica de Solaris. Lem habla aquí de su obra, de las distintas versiones de la novela y del por qué dejó de escribir en 1989.

(Leer el cuento "Viaje Séptimo")


ENTREVISTA A STANISLAV LEM
por Ivan Finotti

—Uno de los niveles en que se puede comprender Solaris es como un mundo donde todos nuestros deseos pueden ser verdad y cuán malo sería esto, en lugar de bueno. ¿Esta idea fue la motivación detrás de su libro o hubo otras?

—Yo no me inclino por ninguna interpretación de mis libros: dejo que los lectores hagan esa tarea. Y nunca me siento a mi escritorio con un plan completo de un libro entero. El último capítulo de Solaris lo escribí tras una pausa de un año. Tuve que dejar de lado el libro, no sabía qué hacer con mi héroe. Hoy ni siquiera puedo recordar por qué fui incapaz de terminarlo durante tanto tiempo... Sólo recuerdo que la primera parte la escribí de un tirón, con fluidez y facilidad, mientras la segunda la terminé mucho más tarde, en un día feliz.
La cuestión es que no poseo un cuadro terminado de una obra. Cuando llevé a Kelvin a la estación en Solaris y le hice ver a Snaut borracho y temeroso, no sabía que lo pondría tan ansioso. No tenía idea de por qué Snaut estaba tan temeroso de un extraño completamente inocente. En ese momento no lo sabía... pero pronto lo descubrí, porque continué escribiendo.

—En una edición brasileña de Solaris de los ?80, hay un posfacio de Darko Suvin donde se lee: "¿Existe Lem? Rechazamos los rumores que señalan que él es una computadora que está usando las letras iniciales de Lunar Excursion Module (L. E. M.)". Es muy curioso. ¿Este rumor realmente existió o fue sólo una broma de Suvin? Si existió, cuéntenos algo sobre eso.

—El 2 de septiembre de 1974, Philip K. Dick le envió la siguiente carta al FBI: “Lo que importa de esto no es que estas personas sean marxistas o siquiera que Fitting, Rottensteiner y Suvin sean extranjeros, sino que todos ellos, sin excepciones, representan conexiones dedicadas en una cadena de comando desde Stanislav Lem, en Cracovia, Polonia, un funcionario del partido (lo sé por sus obras publicadas y por las cartas personales que envió a mí y a otras personas). Que un grupo del Partido de la Cortina de Hierro (Lem es probablemente un comité compuesto más que un individuo, dado que escribe en varios estilos y a veces lee idiomas extranjeros, y a veces no lo hace), gane posiciones monopólicas de poder desde las cuales pueda controlar la opinión a través de la crítica y los ensayos pedagógicos, es una amenaza para nuestro campo de la ciencia ficción y su libre intercambio de visiones e ideas. Su éxito más importante podría ser en el campo de los artículos académicos y las reseñas de libros, y posiblemente controle en el futuro la concesión de premios y honores. Creo, sin embargo, que su campaña para establecer a Lem como un gran novelista y crítico está perdiendo terreno; ha comenzado a encontrar una oposición seria: las habilidades creativas de Lem ahora parecen haber sido eclipsadas por los brutales, insultantes y categóricos ataques sobre la ciencia ficción norteamericana y sobre los escritores norteamericanos de ciencia ficción, que fueron demasiado lejos y demasiado rápido y lo apartaron de todos salvo de los fieles del Partido (yo soy uno de los que más se apartó). Éste es un hecho desagradable para nuestro campo y es posible encontrar que gran parte de nuestra crítica, tesis y publicaciones académicas estén controladas por un grupo sin rostro en Cracovia, Polonia. Qué se puede hacer, sin embargo, no lo sé.”

—Leí que usted dijo, hace diez años, que era muy pesimista con la civilización humana. Y que por esa causa debía dejar de escribir. ¿Está todavía escribiendo? ¿Qué tipo de libros?

—En 1989 dejé de escribir ficción. Fue por muchos factores; aunque tenía muchas ideas para nuevos proyectos, llegué a la conclusión de que no valía la pena usarlas a causa de la nueva situación del mundo. La misma transformación en verdad de algunos de mis conceptos (por ejemplo, la conversión de la categoría fantasmagórica en realidad) paradójicamente terminó siendo un obstáculo en la más indulgente ciencia ficción. Esta era una típica situación de aprendiz de brujo: los demonios ya estaban sueltos.
Ahora yo estoy mejor y más consciente del hecho de que no sé nada. Ni siquiera soy capaz de familiarizarme con las nuevas teorías científicas. A veces tengo la impresión de que las universidades crecieron a un promedio mayor que el universo mismo mientras los profesores se multiplicaban incluso más; cada dos años cada uno de ellos tiene que publicar un nuevo libro (obviamente describiendo una teoría nueva). Las ideas malas no son algo poco común en las ciencias, pero ¿quién leerá todos estos libros? ¿Quién separará lo insensato de lo que es valioso? ¿Quién dispondrá todo en una perspectiva correcta?
Puede haber algo genuino allá afuera, pero yo no soy capaz de reconocerlo. Ya no creo que yo -incluso si intentara gritar con mi voz más potente- pueda cambiar algo. Este crecimiento exponencial no se detiene. Seguirá desarrollándose en su propia dirección, nos guste o no, como un torbellino, un tornado que no puede detener ningún hombre. Entonces, ¿qué importa si mis libros fueron traducidos a cuarenta idiomas y se imprimieron 27 millones de ejemplares? Se desvanecen puesto que chorros de libros nuevos están fluyendo desde todas partes, arrasando con todo lo que se escribió antes. Hoy un libro en una librería ni siquiera está el tiempo suficiente para juntar polvo. Es verdad que ahora vivimos más tiempo, pero la vida de todo lo que nos rodea es mucho más corta. Es triste, pero no podemos detener este proceso. El mundo a nuestro alrededor está muriendo tan rápidamente que no se puede llegar a usar nada.

—Si bien sus libros fueron traducidos a cuarenta idiomas y son muy populares, mucha gente conoce su obra a través de las películas. ¿Está de acuerdo con esto? ¿Qué piensa?

—Sólo recientemente Hollywood “descubrió” mis libros, así que sería difícil hablar de alguna influencia seria de las adaptaciones cinematográficas sobre la recepción de mis obras. Además de Solaris de Tarkovsky, la película de Soderbergh fue la única adaptación de gran presupuestode uno de mis libros realizada en Hollywood.

—No sé si es verdad, pero leí que no le gustó la versión de Solaris de Tarkovsky cuando se estrenó. ¿Es así? ¿Por qué no le gustó? Desde entonces, ¿ha cambiado de opinión?

—Definitivamente no me gustó Solaris de Tarkovsky. Tarkovsky y yo diferimos profundamente en nuestra percepción de la novela. Mientras yo pensaba que el final del libro sugería que Kelvin tenía la esperanza de encontrar algo asombroso en el universo, Tarkovsky intentó crear una visión de un cosmos desagradable que llevaba a la conclusión de que uno tenía que regresar inmediatamente a la Madre Tierra. Éramos como un par de caballos jalando de un carro en direcciones opuestas.

—¿Qué piensa sobre el film de Soderbergh? ¿Cuáles son los aciertos y los desaciertos de la película?

—Aunque admito que la "visión de Soderbergh" no está desprovista de ambición, gusto y clima, yo no estoy satisfecho con la preeminencia del amor. Solaris puede ser percibida como la cuenca de un río... y Soderbergh eligió sólo uno de sus afluentes. El principal problema me parece que es el hecho de que, incluso como una adaptación trágico-romántica, parece demasiado exigente para la audiencia masiva, la cual es alimentada por la papilla de Hollywood. Si en el futuro alguien intenta una adaptación más fiel, temo que ésta sólo sería comprendida por una pequeña audiencia.
-
Traducido por Eduardo López / Revista “Cuasar”
Leer más...

154.LOS FANTASMAS MODERNOS DE M.R.JAMES

Hasta la irrupción de M.R.James, los fantasmas pertenecían a otros tiempos; James los instala en la sociedad burguesa de la época. Para inducir esta familiaridad cotidiana utiliza un relajado humor y la expresión coloquial en los diálogos, y también una finísima ironía británica. "En esta atmósfera tranquilizadora, hagamos que el elemento siniestro asome una oreja, al principio de modo discreto, luego con mayor insistencia, hasta que por fin se haga dueño de la escena".
Montague Rhodes James nació el 1º de agosto de 1862 en la rectoría de Goodnestone, Kent, lugar donde su padre ejercía como coadjutor. Desde los seis años sintió una gran afición a la literatura antigua y la bibliofilia. Se educó en el elitista "Eton College", pasando posteriormente a Cambridge, al "King's College", siendo con el tiempo director y vice-director de ambos.

Sus cuentos de terror destacan por el desarrollo de efectos sutiles enmarcados en una atmósfera de inquietud y zozobra, a menudo en un contexto de trivialidad y sentido común que sirven de contrapunto y contraste. Nunca se echa en falta cierto escepticismo, una pincelada de ironía y humor, así como el trasfondo de una gran cultura erudita. Fue, y sigue siendo, uno de los maestros del relato corto de fantasmas, único género no académico en el que ejerció la creación.

(Leer: "Ratas")

Su vida fue la de un anticuario preocupado por la continua investigación del pasado, entre viejos manuscritos, clases y reuniones docentes, visitas a antiguas ruinas, bibliotecas polvorientas e iglesias dejadas de la mano de Dios. No contrajo nunca matrimonio ni tuvo hijos. La universidad, Eton, y los libros constituyeron toda su existencia. Fue medievalista de prestigio contrastado, lingüista y estudioso bíblico. Tradujo el Apocryphal New Testament (Nuevo Testamento Apócrifo) en 1924.

Entre sus intereses y aficiones cabe mencionar desde la arqueología (llegó a ser miembro del departamento de arqueología del museo Fitzwilliam), hasta la paleografía (catalogó muchas de las colecciones manuscritas de Cambridge, una tarea que le llevó 40 años completar, además de prologar el Romance of Alexander, conservado en la Biblioteca Bodleiana de Oxford); de la filología al arte eclesiástico (descubrió un mural del siglo XV en la capilla de Eton, y restauró los vitrales de la capilla del King's College); de las antigüedades (fue miembro de la Society of Antiquaries) a los estudios históricos y bibliográficos, revisando a menudo ejemplares para las sociedades bibliográficas e históricas especializadas.

También fue traductor (por ejemplo, de una excelente versión inglesa de los Cuentos de Hans Christian Andersen), y practicó el ensayo, o la disertación académica, como la que dedicó a El Apocalipsis según San Pedro, por la que fue distinguido con la orden Fellow of King's en el King's College. Sus investigaciones le condujeron a menudo a lugares como Chipre, Dinamarca, Baviera, Austria o Suecia, donde precisamente situó su ghost story El conde magnus, inspirada en un personaje real del siglo XVII, el conde Magnus Gabriel de la Gardie. Falleció en Eton, el 12 de junio de 1936

El cuento de fantasmas en M. R. James

Si bien este tipo de historias no constituyó para él sino un pasatiempo, es la obra que perdura de él, por cuanto sus estudios eruditos sólo poseen ya interés para los especialistas. Escribía estos cuentos por puro entretenimiento, como alivio de sus trabajos intelectuales. Admiraba al escritor irlandés Sheridan Le Fanu, siendo ésta quizás la influencia más representativa en sus obras. Esta admiración le llevó en 1923 a publicar una antología con sus mejores cuentos y a volver a ponerlo de moda: El fantasma de Madame Crowl. En el prólogo de este libro llegó a afirmar que Sheridan Le Fanu era muy superior a Poe.

Si para muchos M. R. James es el mejor escritor de ghost stories, él reconocía con tal calificativo a Le Fanu. James trata siempre de distanciarse del fantasma victoriano, característicamente lívido, estático y digno de compasión por su desdicha. Las apariciones espectrales de James son manifestaciones abominables, criaturas cuya procedencia no puede ser sino el infierno, son a veces extravagantes e incluso ridículas sin llegar a caer en la comicidad: seres inefables cuasi monstruosos. En palabras de Howard P. Lovecraft: "El espectro habitual de M.R. James es delgado, enano y peludo: una abominación perezosa e informal de la noche, a medio camino entre la bestia y el hombre... este espectro tiene una constitución de lo más excéntrica: es un rollo de franela con ojos de araña, o una entidad invisible modelada con las ropas de una cama cuyo rostro lo forma una sábana arrugada".

En sus relatos abunda un sano humor socarrón y un atisbo de aclaración racional para los misterios que se nos muestran, detalle también desconocido en la literatura del género hasta la fecha, aunque, en sus propias palabras, "este resquicio debe ser tan estrecho que apenas sea practicable", para que así el relato no pierda fuerza ni quede reducido a una mera sugestión enfermiza de sus protagonistas en un momento dado de la trama.

James llegó a citar las características de cuento de fantasmas clásico en el prefacio de Ghost and Marvels (The World's Classics, Oxford, 1924): "Dos ingredientes de la máxima importancia para guisar un buen cuento de fantasmas son, a mi juicio, la atmósfera y un crescendo hábilmente logrado", a lo que no debemos olvidar añadir "cierto grado de realismo". Si bien en lo primero no alcanza a menudo el nivel de su predecesor Arthur Machen, con su peculiar estilo de atmósfera envolvente y opresiva, o contemporáneos como Lovecraft, respecto al adecuado desarrollo de la historia se muestra como un maestro consagrado.

Ese crescendo, que nos conduce al desenlace final entre el engendro y el atribulado protagonista, logra mantenernos en una atenta tensión hasta el clímax final. "Seánnos, pues, presentados los personajes con suma placidez; contemplémoslos mientras se dedican a sus quehaceres cotidianos, ajenos a todo mal presentimiento y en plena armonía con el mundo que les rodea". Sus personajes hablan, viven, se mueven, como sus potenciales lectores de principios del siglo XX.

Hasta la irrupción de James, los fantasmas pertenecían a otros tiempos; James los instala en la sociedad burguesa de la época. Para inducir esta familiaridad cotidiana utiliza un relajado humor y la expresión coloquial en los diálogos, y también una finísima ironía británica. "En esta atmósfera tranquilizadora, hagamos que el elemento siniestro asome una oreja, al principio de modo discreto, luego con mayor insistencia, hasta que por fin se haga dueño de la escena".

No revelar nunca por completo al fantasma, dejando a la imaginación del lector la recreación de lo vagamente sugerido, se ve ya claramente en Le Fanu, aunque James la forja impecablemente superando a su maestro en el firme propósito de inquietar. Lo que más inquieta es lo que James menciona como de pasada, en detalles aparentemente carentes de importancia y que cobran todo su significado en el desenlace final. Sólo la víctima no sospecha nada. La angustia no está en ella, como ocurre en los cuentos de Le Fanu o Guy de Maupassant, sino en el lector. Esta técnica permite a M. R. James conservar el suspense hasta el último segundo, en el que el monstruo se abate brutalmente sobre la víctima, que al fin abre los ojos a la realidad.

"Los fenómenos espectrales deben ser malévolos más que beneficiosos, ya que la emoción que hay que suscitar ante todo es el miedo"; adiós, pues, a fantasmas dignos de compasión y "debe evitarse escrupulosamente la jerga técnica del ocultismo o pseudociencia, con objeto de que la verosimilitud casual no se vea ahogada por una pedantería nada convincente". Por eso, además, en todas sus historias muestra de forma despreciativa sus excelsos conocimientos en las diversas materias que marcaron su vida.

Sus protagonistas son como él hombres apacibles, comedidos, íntegros, sin sospechosos antecedentes relacionados con sucesos paranormales: arqueólogos ("Aviso a los Curiosos"), anticuarios ("El Diario de Mr. Poynter"), paleógrafos ("El Maleficio de las Runas"), latinistas ("El Tesoro del Abad Thomas"), estudiosos de la Biblia ("El Tratado Middoth"), historiadores ("Número 13"), bibliotecarios, y demás personajes relacionados con sus propias inquietudes... Del mismo modo, también sus escenarios, además de comunes y reconocibles para sus contemporáneos, cabría calificarlos de pertenecientes a ambientes eruditos, reflejando su propio hábitat natural: bibliotecas, archivos olvidados, iglesias, cementerios, posadas rurales alejadas de la ciudad... Escenarios donde él se sentía a gusto, transmitiendo al lector su propio amor por esos sitios.

La documentación de los ambientes es minuciosa, pero falsa: se inventa libros, manuscritos o citas en latín que dieran mayor calado a los sucesos que se narraban en sus cuentos, mecanismo que copiaron de él autores posteriores.

La obra de M.R. James en cuanto al relato de fantasmas se compone de 31 relatos reunidos en cinco volúmenes:

Ghost Stories of an Antiquary, 1904, con los relatos "Canon Alberic's Scrap-Book" ("El álbum del canónigo Alberico"), escrito en 1894 y publicado anteriormente en la revista National Review. "Lost Hearts" ("Corazones perdidos"), publicado anteriormente en Pall Mall Magazine. Escrito es 1895. "The Mezzotint" ("El grabado"). "The Ash-Tree" ("El fresno"). "Number 13" ("La número trece"), escrito en 1890. "Count Magnus" ("El Conde Magnus"). "¡O Whistle, and I'll Come To You, My Lad!"("¡Silba y acudiré!"). "The Treasure of Abbot Thomas" ("El Tesoro del Abad Thomas"), escrito en 1904.

More Ghost Stories of an Antiquary, 1911. Constaba de los siguientes relatos: "A School Story" ("Una historia escolar"), escrito expresamente para la escuela del coro del King's College. "The Rose Garden" ("La rosaleda"). "The Tractate Middoth" ("El tratado Middoth"). "Casting the Runes" ("El maleficio de las runas"). Relato llevado años después, en 1950, al cine, en la película "Curse of the Demon". "The Stalls of Barchester Cathedral" ("Los sitiales de la Catedral de Barchester"), escrito en 1910 y publicado en Contemporary Review. "Martin's Close" ("El cercado de Martin"). "Mr. Humphreys and His Inheritance" ("El señor Humphreys y su herencia"), escrito según palabras del propio James con el único propósito de completar este segundo volumen.

A Thin Ghost and Others, 1919, y en él podemos encontrar: "The Residence at Whitminster" ("La residencia de Whitminster"). "The Diary of Mr. Poynter" ("El diario del señor Poynter"). "An Episode of Cathedral History" ("Un episodio de la historia de una catedral"), aparecido anteriormente en la revista Cambridge Review. "The Story of a Disappearance and an Appearance" ("Historia de una desaparición y una aparición"), aparecido igualmente en Cambridge Review en 1913. "Two Doctors" ("Dos médicos").

A Warning to the Curious and Other Ghost Stories es el cuarto libro de cuentos que publicó, fechada su publicación en 1925. En él encontramos: "The Haunted Doll's House" ("La casa de muñecas embrujada"), escrito para la biblioteca de la Casa de Muñecas de su Majestad la Reina, y que también apareció en la Empire Review. "The Uncommon Prayer-Book" ("El libro insólito de oraciones"), publicado anteriormente en la Atlantic Monthly. "A Neighbour's Landmark" ("Los mojones de una propiedad vecina"), escrito en 1924 y publicado en The Eton Chronic. "A View From a Hill" ("Panorama desde una colina"). "A Warning to the Curious" ("Aviso a los curiosos"), publicado anteriormente en el London Mercury. "An Evening's Entertainment" ("Una velada junto al fuego").

The Collected Ghost Stories of M.R. James, publicado en 1931, cinco años antes de su muerte, es su último libro. Se trata de un recopilatorio de todos sus relatos antes citados con la inclusión de cinco más, aparecidos en diversas publicaciones. Los relatos no incluidos en anteriores libros son: "There was a Man Dwelt by a Churchyard" ("Había un hombre que vivía junto a un cementerio"). "Rats" ("Ratas"), escrito originalmente para At Random en 1929, y posteriormente incluido en una antología ttulada Shudders. "After Dark in the Playing Fields" ("Cuando anochece en el parque"). "Wailing Well" ("El pozo de las lamentaciones"), escrito expresamente para el grupo de Boy Scouts de Eton College en 1927. "Stories I Have Tried to Write" ("Historias que he intentado escribir"), el cual más que un relato propiamente dicho es un pequeño comentario a algunas ideas que no llegó a plasmar en forma escrita.

The Five Jars, Los cinco frascos (1922) una novela corta de fantasía sobrenatural para niños

Existen además tres relatos sueltos no aparecidos en ninguna de las colecciones del autor: "A Ghostly Cry" (1931), "The Malice of Inanimate Objects" (1933) y A Vignette" (1936).

Traducciones al español

Trece historias de fantasmas. Madrid: Alianza Editorial, 1973.
Cuentos de Fantasmas. Madrid: Ediciones Siruela, 1988.
Historias Sobrenaturales. Madrid: Ediciones Mirach, 1991.
Corazones perdidos. España. Valdemar, 1997.
Un fantasma inconsistente. España. Valdemar, 2005.
Más historias de fantasmas de un anticuario. España. Valdemar, 2003.
Historias de fantasmas de un anticuario. España. Valdemar, 2002.

(Información de Wikipedia)


Leer más...

153.MATÍN CAPARRÓS: LA POBREZA ES EL RUIDO QUE NO CESA

.....................................(Mercado al aire libre en Lusaka, Zambia)
“UNA LUNA”
ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE MARTÍN CAPARRÓS


"Una luna es el diario de un viaje acelerado, enloquecido, un hiperviaje: un mes de saltos entre Kishinau y Monrovia, Amsterdam y Lusaka, Pittsburgh y París, Madrid, Barcelona y Johannesburgo, en el que Martín Caparrós, enviado por una agencia de Naciones Unidas, se encuentra con jóvenes migrantes de muy diversas clases:

mujeres traficadas, refugiados de guerra, polizones de pateras, niños soldados, víctimas del sida, pandilleros deportados, trabajadores, estudiantes, toda esa enorme población actual que, de un modo u otro, busca lugares nuevos para intentar vidas distintas. Las migraciones, el drama del destierro, los abismos entre primer y tercer mundo, el lugar de las mujeres, los límites del hombre, las nuevas formas de viajar y las posibles formas de contarlo son algunos de los temas de este libro, que no esquiva –tampoco– la reflexión autobiográfica”, dice la contratapa de Una luna. Lo que no dice es que, antes de ser un libro, Una luna fue un cotillón: hace dos años, cuando estaba por cumplir 50, Martín Caparrós hizo una edición personal de 222 ejemplares –sin título, sin copyright, sin precio– de este raro viaje desquiciado, y lo regaló a sus amigos, enemigos cercanos y parientes para su cumpleaños. Tiempo después, su editor lo convenció de que debía convertirlo en un libro, hacerlo público; este mes, Una luna aparece, corregido y aumentado, en Anagrama.

Fragmento

Vista de arriba, la Tierra es no figurativa: formas abstractas, giros, torbellinos, sombras, geometría, arabescos a veces como los que formaron quienes temían copiar los dibujos divinos. Es curioso que haya que haber inventado el avión para descubrir que, también en esto, la naturaleza imita al arte. Incluso cuando el arte intenta huir de la naturaleza.

Ahora vuelo sobre la costa africana: ruta de las pateras.

Quizás allá abajo, en un bote confuso, cuarenta o cincuenta morochos están arriesgando todo para llegar a España –al país del que escapó mi abuelo. Dentro de diez o quince días, en Barcelona y en Madrid, tendré que entrevistar a alguno de ellos. Por el momento vuelo por encima. Quizás alguno hasta nos mire, piense algo sobre esos que sí vuelan.

Mi abuelo Caparrós zarpó, hace sesenta años, de las Islas Canarias en una suerte de patera –se escapaba de Franco. Ni siquiera quería ir a Argentina, pero terminó allí, y por eso yo soy el que soy. Los azares son aterradores –y nada los vuelve más visibles que un buen viaje.

Gallup hace esas cosas: pregunta a cincuenta mil personas en el mundo qué piensan de esto aquello y lo de más allá, y después te explican cómo somos. Leo que los africanos son, de lejos, los más optimistas del planeta –junto con los norteamericanos. Y, también, los más religiosos del planeta –junto con los norteamericanos. Y, también, los más convencidos de que la democracia es el mejor régimen posible –junto con los norteamericanos. No quiero abusar, pero hace años llamé la Patria Capicúa a esa Argentina menemista donde los más ricos y los más pobres coincidían en votar al muñeco de torta. ¿Habrá que hablar del Mundo Capicúa?

Leí que en Sierra Leona les cortaban las piernas o los brazos y no los mataban; que en Liberia no les cortaban nada y los mataban. Acabo de hacer escala en Freetown, vuelo hacia Monrovia –y no quiero seguir tratando de suponer cuál es peor. Después sabré que ni siquiera es cierto.

Antes de ir a algún lugar, suelo enterarme de cómo es ese sitio: en eso consiste también, supongo, mi trabajo. Pero esta vez los lugares se decidieron hace pocos días y, desde entonces, he estado en otros lugares igualmente desconocidos. Así que esta vez no sé nada o casi nada todavía y me sobresalta leer en el avión que la presidenta de Liberia ha prometido restablecer la luz y el agua en Monrovia “en un máximo de ciento cincuenta días”.

Hace once horas, cuando despegamos, el vuelo parecía casi infinito: faltaba tanto para que consiguiera terminarse –que es lo que uno espera de un buen vuelo. Pero ahora la voz dijo que pusiéramos los respaldos de nuestros asientos en posición vertical y nos preparámos para el aterrizaje. Dentro de quince minutos estará terminado: absolutamente terminado, como algo que nunca hubiera sucedido. A menos que intervenga el accidente: si en estos catorce minutos que nos faltan pasa algo inesperado, si el avión tropieza y se derrumba, si se despista siquiera y termina en el pasto, si el susto o el espanto, este vuelo va a durar mucho más, días más, años más, quién sabe para siempre.

La desaparición es el destino de las cosas banales, semejantes.

La permanencia, en cambio, suele ser muy cara.

He salido de muchos aeropuertos, pero esta noche tuve miedo. Junto con el precioso golpe de calor –ah, ese golpe, esa primera bocanada de aire caliente y húmedo y podrido, el abrazo del trópico–, había muy poca luz, morenos tan confusos, soldados mal vestidos bien armados, bandadas de chiquitos gritones corredores. Después, en la carretera hacia Monrovia, ningún farol, un par de controles artillados de los Cuerpos de Paz. La luna ya menguando, chozas oscuras a los lados y más chozas y faroles de querosén y ninguna luz pública y de tanto en tanto una aglomeración de gente que camina, espera algo, baila, bebe, la sensación de tan precario. Las tinieblas. Mañana todo va a ser muy diferente.

O quizá no, quién sabe.

Pero la luna, perra, por alguna razón se hizo amarilla.

International School of Aviation, dice un cartel rojo de óxido arruinado, pintado a mano, entre las chozas. Sí, y acá había un cartel que decía Bienvenidos pero lo destruyeron, me dice mi chofer. Después me dice que se llama James.

Hace días que hablo en idiomas que no son el mío con gente que me habla en idiomas que no son los suyos. Es, casi, una forma de la gentileza.

El hotel de Monrovia está bastante malogrado, lleno de muchachos que trabajan de no sé sabe qué, oloroso a humedad, poco agraciado, y es carísimo. Tiene una ventaja comercial decisiva: es el único que queda en la ciudad. En el barcito del hotel –barra, tres mesas bajas, fútbol en la tele– una holandesa cuarentona flaca me cuenta que vino a ver si podía recuperar algo de las empresas familiares –un hotel, sobre todo, de trescientos cuartos invadido y saqueado y destruido, confiscado– y me dice que no sabe por qué vuelve pero vuelve. Son las cosas que el África te hace, me dice –y ni siquiera se sonríe.

Después descubriré que el hotel tiene un deck de madera con unas mesas frente al mar. Allá abajo está el mar, un mar sin gracia, puro mar, espacio chato azul abierto impenetrable. El placer de mirarlo.

De saber que ahí sí que no es posible nada.

El ruido –el ruido– del generador que atruena el patio del hotel. Me lo explican: hace casi quince años que en el país no hay luz ni agua. Me dicen que ningún chico o adolescente liberiano se dio nunca una ducha, que no saben aquello de apretar un botón y encender una lámpara. Y que, además, casi ninguno fue a la escuela. Hace casi quince años que en todo este país no hay luz ni agua.

Aunque no sea tan cierto: los ricos –son muy pocos– tienen generadores y camiones cisterna que les llenan los tanques. La ciudad es pesada. Digo, cómo decir: pesada. Digo: parece que estuviera siempre a punto de caerse, derrumbarse. Edificios que siguen vivos por milagro, descascarados, rotos, muchos tapiados, algunos ocupados, tantos quemados o agujereados. Y gente gente gente: por todos lados hordas de personas.

O si no, digo: la ciudad un hormiguero zapateado.

Los edificios moribundos, la calle interminable sucia atiborrada donde se vende toda la ropa vieja de Occidente: África es el cementerio de nuestra ropa usada –que tenía que morir en algún sitio. Las zapatillas falsas son, en cambio, nuevas. Hay un mercado: cuanto más difícil es comprar y vender y comprar, más grande suele ser el mercado. Hay un mercado grande. Una mujer se especializa en los extremos: vende pies de chancho y cabezas de pescado; muchas mujeres llevan bultos sobre la cabeza en equilibrio, algunas sus bebés en la espalda, una nena arregla una y otra vez sus cuatro grupitos de cuatro bananas cada uno –y las bananas están negras de pasadas. La cantidad de chicos, humo, perros negros. Los chicos tienen ojos enormes –el calor no los vence. Un hombre tiene una pierna menos; dos hombres, más allá, tienen dos brazos menos –cada uno. Hay más hombres con menos, recuerdos de la guerra. Otro con media pierna usa una muleta de madera: a cada paso da un extraño salto. La muleta es muy corta. Si fuera diez centímetros más larga coincidiría con su pierna entera, le permitiría caminar sin ese sobresalto: trato de pensar por qué no lo habrá hecho, trato de no pensarlo. Siguen más moscas, cebollas, chiles rojos, aceites rojos, carne gris y sonrisas muy blancas: bastantes me sonríen, varios no. Una mujer me dice blanco de mierda qué estás haciendo acá, esto no es para blancos de mierda. Yo la miro y trato de hacerle una sonrisa despectiva; ella sigue gritando. A ella le sale mejor que a mí pero tiene ventaja: siempre es más fácil gritar que sonreírse. Ocho o diez policías se llevan a un hombre bajo rengo sucio con harapos y una herida en la panza sangrando: lo que en Colombia saben llamar un desechable. El hombre grita muy bajito, casi por compromiso. En el mercado no hay alardes, no venden nada que no sea muy primario: comida, ropa usada, telas colorinche para vestidos africanos, jabón, candados, zapatillas, velas made in Liberia. Las velas parecen ser la industria local más floreciente. Dicen que un poco más allá, en esa parte donde varios me encarecieron que no fuera, venden el uso de mujeres, pero eso también debe ser bien primario.

Un cartel de Médicos Sin Fronteras pintado a mano muestra una escena de violación naïve y dice que las violaciones no deben dar vergüenza y que hay que denunciarlas e ir al hospital. El cartel es crudo: de un lado un hombre está desnudando a una mujer que se debate; del otro, tres más la están violando. La gente pasa al lado y no lo mira; lo deben haber visto tantas veces.

Este país fue extraño ya desde el principio. Lo fundó, hacia 1830, un grupo de ex esclavos negros norteamericanos con el apoyo de antiesclavistas blancos norteamericanos –que seguramente querían sacárselos de encima. Ellos les dieron plata y apoyo para que volvieran a sus raíces africanas y establecieran allí su propio espacio; por eso lo llamaron Liberia –la tierra de los libres– y a su capital Monrovia –en agradecimiento al presidente Monroe. Pero, a poco de llegar, los ex explotados empezaron a explotar a los negros locales y, durante siglo y medio, sólo sus descendientes fueron ricos o poderosos o presidentes de Liberia. De cómo reproducir –perfectamente, en beneficio propio– lo que decían que odiaban, el orden dominante.

Hay caminatas complicadas. Evito la mirada de un muchacho sin piernas para chocar con una vieja mendiga que se rasca, ampulosa, las axilas; me deshago de un hombre que quiere venderme vaya a saber qué para caer frente a una madre que me muestra un bebe flaco y lloriquea. Casi tropiezo con tres adolescentes mugrientos muy descalzos que se pegan con multitud de gritos; en el suelo, un bebé de dos o tres años juega con la teta de su madre dormida, esponjita arruinada. En estas calles no hay forma de sustraerse a la pobreza extrema. El mundo, me parece, se puede dividir en países donde los ricos pueden vivir sin ver un pobre y los países donde no, los más brutales. Aquí todos me piden algo y yo camino –y me detesto– en mi postura occidental conchuda: la mirada al frente, alta, inalcanzable, perdida en un infinito imaginario, del perfecto blanco hijo de puta.

Y me digo que no tengo más remedio, que qué más podría.

Este mediodía tengo un recreo. La directora de la oficina local del Fondo de Población me invita a almorzar a su casa –departamento casi modesto, bastante vacío: la señora me explica que no quiso traer muebles por si tiene que evacuar de urgencia, y que de todas formas la ONU no le permite venir con su familia, por el riesgo. Pero Charles, su mucamo, nos sirve una comida deliciosa y una copa de vino y ella, Rose, ruandesa, me cuenta cómo ochenta y dos parientes suyos –madre, padre, cuatro hermanas, cinco hermanos, incontables sobrinas y sobrinos– murieron en el genocidio del ‘94. Que ella estaba en el Chad y nadie podía decirle nada, que estaba desesperada y pensó seriamente en matarse. Que tres años después volvió a Ruanda y pudo recuperar cuarenta de los cuerpos, que levantó un memorial junto a su casa, que un campesino de la aldea le decía yo decapité a tu padre pero no del todo, el que terminó de cortarle la cabeza fue fulano, y a tu madre no, no le hice nada, bueno tu madre como andaba siempre enferma con un golpe en la cabeza ya se murió, fue duro pero nosotros ya perdimos perdón y dios nos perdonó, no te preocupes. Y el guiso de pescado está estupendo y el vino después de varios días y Rose me dice que cuando se jubile piensa volver a su país porque a ella lo que le gusta es África y que además la vida en África es más fácil, tenés quién te cocine, y los viejos sí ocupan un lugar, son importantes. Y que si se quedara en Nueva York, dice, donde ha vivido muchos años, quién le haría ningún caso.

Y el ruido –los gritos, las radios, las bocinas: la pobreza es el ruido que no cesa."
Leer más...

152.FREDRIC BROWN, MAESTRO DEL CUENTO CORTO

UN HOMBRE CON OFICIO: FREDRIC BROWN
Jorge Oscar Rossi

Fredric Brown es otro de esos autores multimedia que existieron antes que el propio concepto de "autor multimedia" comenzara a oírse. Escribió novelas , cuentos, cuentos cortos, cuentos cortisimos y guiones para televisión y cine.
(Imagen: "Il trenno de Fellini" - Dino Buzzati)


NACIMIENTO, TRABAJOS, AMORES Y AFICIONES:

Brown nació en Cincinnati, Ohio, Estados Unidos, el 29 de octubre de 1906. Desde chico realizó una gran variedad de trabajos, que van de cadete en una oficina hasta feriante en un parque de atracciones. En 1929 se casa con Helen Ruth Brown. En 1930, trabaja en Milwaukee, Wisconsin, como corrector de pruebas de imprenta, oficio al que se dedicará por bastante tiempo. Fredric era un hombre prudente al que le preocupaba la estabilidad económica, por eso siguió conservando un empleo seguro a pesar de ser un escritor de prestigio.

Robert Bloch lo describe como "De estatura minúscula, huesos pequeños, y delicadas facciones parcialmente ocultas por unos lentes con montura de concha y un fino bigote...". Se veía como un hombre pulcro e intachable, pero eso no le impedía ser un empedernido jugador de póquer y bebedor más que social. Estos hábitos se reconocen en toda su obra. Brown es un autor de estilo autobiográfico. Sus personajes suelen ser grandes bebedores, jugadores, escritores, periodistas, imprenteros, feriantes de parques de atracciones, etc.

EL ESCRITOR:

En 1936, Brown empieza a escribir para los pulps, las famosas y baratas revistas de narrativa popular, (termino con el que se identificaban géneros como la ciencia ficción, el relato policial o de detectives y las historias de vaqueros). Dos años más tarde publica en "Detective Story" su primer relato de genero policial, titulado "The Moon for a Nickel". En los años siguientes incrementa su producción dentro de ese genero, hasta que, en 1941, se publica "Not yet the End", su primer relato de ciencia ficción, en la edición de verano de "Captain Future". En lo sucesivo, transitará ambos géneros, realizando una gran cantidad de cuentos cortos.

(ver: tapas de los pulps de Brown)


A diferencia de la actualidad, en esa época existía un gran mercado para los cuentos. Estos se pagaban a razón de tantos centavos de dólar por palabra. Un escritor capaz de producir relatos con regularidad y dentro de las pautas temáticas que imponían las editoriales, podía obtener un ingreso aceptable con esa actividad. Precisamente, los relatos cortos y ultracortos ("short-short stories) constituyen su sello personal. Brown era un amante de las palabras y los signos de puntuación. Disfrutaba experimentando con los múltiples sentidos que pueden darse a una simple frase. Investigaba distintos recursos estilísticos y buscaba lograr el mayor efecto emocional con la máxima economía de palabras. Un ejemplo de esto es el siguiente cuento:

"EL FINAL

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años. -Y he encontrado la ecuación clave - dijo un buen día a su hija - El tiempo es un campo. La maquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo. Apretando un botón mientras hablaba, dijo: - Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto - dijo, hablaba mientras botón un apretando. - Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que maquina la. Campo un es tiempo el. - Hija su a día buen un dijo -. Clave ecuación la encontrado he y. Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

FINAL EL”

Pero esto no debe hacer pensar que su única virtud era el estilo narrativo. En cuanto al contenido, Brown transitó por gran variedad de temas. Uno de los que más lo fascinaban era el de la "naturaleza" de lo Real.

(Ver: Bibliografía en castellano de Fredric Brown)

PASIONES METAFISICAS:

¿Cuan "real" es nuestra Realidad?. ¿No se tratará de solo una entre infinitas realidades posibles y coexistentes?. Más aún, todo nuestro Universo, ¿no será meramente el sueño de una Entidad desconocida?. Estas preguntas podemos encontrarlas en gran parte de la obra de Brown. Su novela "Universo de locos", (Colección Galaxia, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1974) y cuentos como " No sucedió", "Armagedón", "Arena", "Ciclo" y "Ven y enloquece", (todos publicados en "Lo mejor de Fredric Brown"); son solo algunos ejemplos.

NUEVOS RUMBOS:

En 1947 se divorcia en términos amistosos y, tal vez aprovechando la buena nueva, publica su primera novela policial, "The Fabulois Clipjoint", ("La trampa fabulosa", también conocido como "El fabuloso cabaret"). A lo largo de toda su vida la considerará como su novela preferida. En 1948, gana por este libro el Premio Edgar Allan Poe a la mejor obra de narrativa criminal. Además publica otras dos novelas negras (The Dead Hunter y Murder Can Be Fun). Ese mismo y agitado año se traslada a Nueva York y contrae matrimonio con Elizabeth Charlier.

Sin embargo, al año siguiente, un asma crónico lo obliga a fijar su residencia en Taos, New México. El asma no le impide seguir produciendo. En ese 1949 publica tres novelas, dos policiales y una de Ciencia Ficción. Está última se titula "What Mad Universe" (Universo de locos) y había sido publicada el año anterior en la revista Startling Stories. Para muchos, es su mejor novela en el genero. Indudablemente se trata de uno de los más grandes clásicos de la CF de todos los tiempos.

UNIVERSO DE LOCOS:

Esta novela podría haber sido un típico producto de la CF de los `40. De aquellas cuyo protagonista es un simpático muchacho blanco, encargado de salvar al mundo, por esas cosas insólitas que tiene la vida. Una de esas novelas donde el autor imaginaba que la Luna estaba habitada por unos seres altos y rojos. De esas en las que hay un supergenio a la cabeza de la lucha contra los enemigos de la Humanidad y una raza alienígena poderosa, agresiva, cruel y muy pero muy mala que pretende aniquilar a los terrestres. En síntesis, una de esas novelas con guerra interplanetaria incluida.

Digo que "Universo de locos" podría haber sido una de esas obras menores, sencillamente, porque tiene todos y cada uno de los elementos anteriormente citados (y más todavía, porque la cosa viene con "venusinos" y "marcianos" de propina). ¿Que es lo que la transforma en una obra maestra?:

Básicamente, el oficio de Fredric Brown, quien convierte a la trama en una pieza de relojería donde todo lo que sucede, sucede por alguna razón. No sobran diálogos ni paginas. Hasta las cosas aparentemente más triviales han sido dispuestas de manera que todo el conjunto narrativo "cierre" perfectamente. Además, y esto es tan o más importante que lo anterior, Brown utiliza un recurso para que el "Universo de locos" que ha creado no pierda verosimilitud.

Es decir, para dar un ejemplo, si hoy leemos uno de esos cuentos de la década del cuarenta, donde el autor, ambientando la historia en el año 2010; plantea que el protagonista lucha contra monstruos nativos de Saturno, parecidos a gorilas verdes con escamas plateadas, inmediatamente "sentimos" que el relato está temáticamente envejecido. Es una narración de CF, no de fantasía, y la ciencia ficción tiene un "verosímil" propio. El estado actual de la ciencia impide una especulación como la que propone el autor. No hay vuelta, no "podemos" creerlo. En nuestro Universo, Saturno es un planeta gaseoso, sin posibilidad de gorilas verdes. Pero eso es así en "nuestro" Universo...

Esto ultimo es el punto de partida desde el cual Fredric Brown consigue crear una especulación científica que haga creíble su narración (y, por ende, que nos permita disfrutarla). No quiero agregar más, para que aquellos que aún no hayan leído la novela puedan darse el gusto.

EL CREADOR Y EL AUTOBUS:

Brown no era de esos escritores que se van a una isla remota, se aíslan del mundo y sacan una atormentada novela cada cinco años. Su problema existencial era otro. El escribía para vivir, tanto en el sentido espiritual como material. Espiritualmente, necesitaba escribir porque, para él, eso era la cosa más importante en la vida. Lo que daba sentido a soportar el asma y los problemas cotidianos.

Desde el punto de vista material, Brown escribía para subsistir. Si bien nunca pasó graves privaciones económicas, tampoco fue hombre de fortuna. Varias de sus mudanzas se debieron a la búsqueda de trabajo. Por ejemplo, en 1960, los Brown se instalan en California (inicialmente en Los Angeles), a causa de las posibilidades que ofrece la televisión, posibilidades que finalmente resultaron infundadas. Dos años más tarde, con el fin de sacarle el máximo provecho económico a sus obras, Brown cambia a su agente literario, Harry Altshuler, con quien lo unía una relación laboral de más de veinte años, por la compañía Scott Meredith.

En cuanto a su método de trabajo, este presenta una particularidad digna de contar: Cuando buscaba una idea nueva, salía unos cuantos días a la ruta, como pasajero de algún autobús. El destino podía ser cualquiera. Lo que le interesaba era que la monotonía del viaje lo estimulara para idear argumentos. Hubo años en los que Brown llegó a publicar hasta tres novelas, cifra impensable para un escritor hoy día.

Un ejemplo de su versatilidad lo da el año 1955, cuando publica una novela policial ("The Wench is Dead"), una de ciencia ficción ("Martians, Go Home"; Marciano vete a casa) y adapta como guión de televisión un relato de 1948 ("Cry Silence"). Además, ese año se había mudado a Tucson, Arizona.

LA NOCHE A TRAVES DEL ESPEJO:

En 1950, Brown publica Night of the Jabberwock (La noche a través del espejo), considerada su obra maestra dentro del género negro o criminal. La novela está inspirada en "Alicia a través del Espejo", de Lewis Carroll.

POR SENDAS ESTRELLADAS:

En 1953 sale a la luz la novela de ciencia ficción "The Lights in the Sky Are Stars" (Por sendas estrelladas), la cual presenta la característica de que su protagonista es un hombre de cincuenta y pico de años, en una época en que la mayoría de los personajes protagonicos estaba reservado para muchachos de veinte a treinta y cinco. Además, era el momento en que los lectores estadounidenses de ciencia ficción idealizaban e idolatraban el lanzamiento del flamante Programa Espacial.

El libro de Brown no destila optimismo, precisamente, sino que se centra en las maquinaciones de políticos y complejos belico-industriales para beneficiarse con el proyecto de exploración y conquista del espacio. A pesar de eso, (o debido a eso, quien sabe) el libro, si bien no ganó premios, fue muy bien recibido por los lectores.

LA OFICINA:

En 1958, Brown publicó una novela de tipo "realista" y carácter autobiográfico, sobre su época juvenil y el primer periodo laboral. Se tituló "The Office" (La Oficina). La idea era describir una momento de su vida, que lo había marcado profundamente, a nivel personal. El libro, un relato de la vida cotidiana en una oficina vulgar, resultó muy distinto al resto de su obra y no interesó a los lectores, quienes esperaban al Brown de siempre.

DE HITCHCOCK A STAR TREK:

Como guionista, Brown hizo de todo un poco. Por ejemplo, en 1959, Brown adaptó como guión de televisión a su relato "The Last Martian" (de octubre de 1950). Este guión, con el titulo "Human Interest Story" fue emitido por la cadena CBS en mayo de ese año en el programa "Alfred Hitchcock Presents". El protagonista fue el conocido Steve McQueen. En 1964, adapta para televisión su relato "Arena" (de junio de 1944), para el ciclo Outer Limits. Se emite con el titulo "Fun and Games".

"Arena" es un cuento muy interesante e ideal para la televisión (por el bajo presupuesto de producción que implica llevarlo a la pantalla). La idea es sencilla y atrayente: Hay dos civilizaciones, la Humanidad y los Intrusos, enfrentados en una guerra total. Se está por librar la batalla final entre dos inmensas flotas espaciales. Las fuerzas son muy parejas. La lucha será feroz, el resultado incierto y tanto el que gane como el que pierda sufrirá terribles daños. Entonces...una Entidad inmensamente poderosa, "secuestra" a un humano y a un Intruso y los deposita en un extraño y desértico planeta. Ambos quedan desarmados y desnudos.

El planeta es igual de desfavorable para los dos. La Entidad les dice que, para evitar una lucha en la que ambos bandos se dañarían seriamente, ella ha decido elegir un integrante de ambas Razas para que libren una lucha a muerte en representación de sus respectivas civilizaciones. La flota espacial del que pierda será absolutamente destruida por la Entidad. La flota del que gane quedará indemne y habrá ganado la guerra. Una sola civilización sobrevivirá. Ambos contendientes estarán separados por una barrera que les impida tener contacto físico directo. Ganará el más inteligente y valeroso. El resto del cuento es la lucha entre ambos rivales. En 1967, Este relato es adaptado para un capitulo de Star Trek, conservando el mismo titulo. El representante de la Humanidad es el Capitán Kirk, (no se asusten, no aparece desnudo).

ULTIMAS PALABRAS:

En 1963, la escasez de éxito en la televisión y los problemas de salud (su asma crónica derivó en un enfisema), originan que los Brown regresen a Tucson, Arizona, donde el autor permanecerá hasta su muerte. Dos años antes había publicado su última novela de ciencia Ficción: "The Mind Thing" (La mente asesina de Andromeda). En 1972, Fredric Brown muere en el hospital de Tucson, Arizona. Ocurrió en marzo, el 11 según Newton Baird, el más eminente estudioso de la obra de este escritor, o el 12, según la viuda de Brown, en una comunicación epistolar dirigida a otro biógrafo, el francés Jean-Jacques Schleret. A riego de ser muy poco original, no puedo dejar de decir que, con su partida, también se fue una época irrepetible para el oficio de escribir.

(Leer: Tres cuentos de Fredric Brown)
Leer más...

151.ELEGÍA SOBRE MALCOLM LOWRY

Elegía sobre Malcolm Lowry
Juan Villoro
(*)

En 1933, el año en que publicó Ultramarina, su primera novela, Malcolm Lowry entró a un restaurante de Londres donde almorzaba el escritor Arthur Calder-Marshall. Lowry apenas conocía a su colega; su único vínculo era que compartían como editor a Jonathan Cape. Sin embargo, se dirigió a la mesa de Calder-Marshall y se desplomó en una silla. Lowry llevaba equipaje, como si se dirigiese a una estación de trenes y sólo hubiera entrado al restaurante al ver a un conocido por la ventana. Con voz tan revuelta como su pelo rubio, explicó lo que pasaba: “Tengo un conejo muerto en la maleta”.

(Lea también: Poemas de Malcolm Lowry)

Dos noches atrás, Lowry había bebido en casa de unos amigos, frente a la chimenea, mientras acariciaba al conejo que ellos tenían como mascota. De pronto, sintió un peso muerto en su regazo. Sin darse cuenta, había estrangulado al animal con sus manos de levantador de pesas. Agobiado por la culpa y la desesperación salió de ahí y durante dos días recorrió Londres sin saber cómo deshacerse de su víctima. Calder-Marshall pidió al mesero que se llevara el conejo.

Lowry se sorprendió de que la pesadilla terminara en forma tan fácil. Meses antes había derribado un caballo de un puñetazo. Esta prueba inútil de su fuerza lo llenó de remordimiento durante mucho tiempo. Lowry parecía estar en el mundo para destrozar lo que tocaba. Sus ropas olían mal, sus uñas tenían tendencia a estar sucias, sus parrandas comenzaban a confundir los días con las noches. Aún no cumplía veinticinco años y ya insinuaba su trágica leyenda. Sabía tocar el ukelele y esto alegraba las reuniones, pero una furia interior lo calcinaba y lo volvía inolvidable de un modo muchas veces aberrante. El proceso de demolición había comenzado. Catorce años después, en 1947, los lectores conocerían ese incendio como Bajo el volcán.

No siempre Malcolm Lowry fue el desesperado que se sujetaba el pantalón con una corbata, pero siempre contó sus peripecias en la forma que más lo incriminara. Su biógrafo Douglas Day escribe al respecto: “Es muy posible que Lowry quisiera realmente construirse una infancia infeliz. Y, una vez más, lo que nosotros quisiéramos saber es por qué deseaba hacerlo. ¿Para añadir un toque de patetismo a su autobiografía, como dijo a sus esposas y amigos?”.

Encandilado ante las posibilidades que la vida y el arte ofrecen para arruinarse, Lowry comentó en una carta a propósito de Melville: “Por alguna razón, su fracaso ejercía en mí una fascinación absoluta, y me parece que desde muy temprana edad estuve determinado a emularlo de cualquier modo posible”. No hay duda de que cumplió su propósito de modo sobresaliente. Lowry fue el cuarto hijo de un próspero comerciante de algodón; destacó en los deportes (a los quince años fue campeón escolar de golf en Gran Bretaña); su padre lo apoyó en su aventura como marino de ocasión (seis meses a bordo de un carguero), lo mandó a estudiar a Alemania y le otorgó una beca casi de por vida. Sin mayores méritos académicos, Lowry se graduó en Cambridge.

Fue querido por dos esposas y encontró en el poeta y novelista Conrad Aiken a un maestro y tutor que supo sobreponerse a las locuras de su discípulo. Todo esto apunta a la construcción de un destino bastante sólido. Sin embargo, en contra del viento que soplaba en su favor, Lowry hizo del desastre una cuestión de método y no se privó de ninguna dolencia real ni imaginaria. Según su testimonio, estuvo a punto de perder la vista en la infancia por una enfermedad (su hermano Russell lo desmiente en Malcolm Lowry Remembered; de manera reveladora, la amenaza de la ceguera es uno de los pocos rasgos que Malcolm no atribuye a su álter ego Geoffrey Firmin, protagonista de Bajo el volcán).

Abundan los ejemplos de paranoia en su destino. Durante décadas, temió ser sifilítico sin disponer de otra evidencia que su alarmada visita a un museo médico. Auténticos, en cambio, fueron su alcoholismo, su incapacidad de trabajar, las terapias salvajes a las que se sometió (de la estricnina a los electrochoques, pasando por el encierro de veintiún días en una habitación sin ventanas, con un foco rojo permanentemente encendido), el incendio de su casa, el continuo extravío de manuscritos, sus problemas con la justicia mexicana, la expulsión de Canadá, donde pasó sus años más felices y fecundos, por “colonizaje ilegal”, y la muerte por ingestión de barbitúricos en 1957, a los cuarenta y ocho años.

La falta de reconocimiento fue otro tipo de problema real. Ultramarina se publicó sin pena ni gloria y la tercera versión de Bajo el volcán fue rechazada por trece editores. La cuarta, que hoy podemos leer, se publicó luego de vencer la resistencia del editor Jonathan Cape, quien pensaba que el autor valía la pena pero su libro era confuso y prolijo. En forma típica, Lowry convirtió el triunfo tardío en otra caída, según revela en el poema Después de la publicación de Bajo el volcán y donde afirma (en versión de José Emilio Pacheco): “Es un desastre el éxito. Más hondo que tu casa entre llamas consumida…”

De acuerdo con Martin Amis, la innecesaria tendencia de Lowry a plagiar revela el alcance de su masoquismo. Tarde o temprano, el plagiario es descubierto: el verdadero móvil de su transgresión no es engañar sino humillarse al ser desenmascarado. En su continua victimización, Lowry incluso exageraba sus deudas literarias para sufrir más de lo que merecía. A propósito de Ultramarina, afirmó que había copiado a Conrad Aiken y al olvidado Nordahl Grieg. La mayoría de las veces se trataba de influencias asimiladas a su propio estilo. La biografía de Lowry es una extensa patología. El narrador identificaba el talento con la enfermedad. De manera emblemática, el protagonista de Ultramarina repudia el mundo de inacción y dipsomanía que le resulta necesario para escribir y opta por la superioridad moral de quienes trabajan a la intemperie con sus manos. La adicción y el genio aparecen en su mente como formas gemelas de castigo. Lowry no pudo librarse de ninguna de ellas.

Aunque se divierte mucho, sonríe al modo de un zorro en medio de sus descalabros, encuentra ingeniosas formas de reconciliarse con las personas que ofende y escribe una obra poderosa, sus días son, como dijo Margerie, su segunda esposa, una manera de “incendiar el infierno”. Uno de los aspectos más perturbadores de esta trama es que la mayoría de sus trágicos episodios tuvieron un arreglo posible. Cuando el editor de Lowry perdió el manuscrito de Ultramarina, él se incriminó por no haber conservado una copia. Todo parecía perfecto para alimentar las culpas del masoquista, pero un amigo había guardado una versión anterior que permitía reconstruir el texto.

Una y otra vez Lowry es salvado por el destino. Bebe en plan suicida, pero dispone de una excepcional constitución que le permite morir con el corazón y el hígado casi intactos. Se siente humillado por el tamaño de su pene, pero encuentra mujeres atractivas que desean compartir la vida con él (entonces se embriaga hasta la impotencia para asegurar su derrota sexual). Su primera esposa, Jan, se cansa del abandono y, como Yvonne en Bajo el volcán, establece relaciones con los hombres a los que la dirige su marido. Pero Margerie ama a Lowry incluso por sus defectos, y él no consigue perder a quien más necesita.

Lowry busca cerrar la puerta que la fatalidad insiste en abrirle. No es casual que la terrible historia de un hombre con estupenda estrella haya atraído a grandes biógrafos. En 1973, Douglas Day recreó esta trama con excepcional impulso narrativo y minucioso sentido de la investigación. Un problema del libro es que depende de una fuente básica de información, Margerie Bonner, entonces todavía viva. La segunda esposa de Lowry superó con valentía los obstáculos que el decoro podía imponer para contar una vida como la de su esposo. De cualquier forma, brinda una versión personal de los hechos, no siempre confirmada por los demás testigos. En el plano interpretativo, Day cede en exceso a la tendencia, entonces muy en boga, de psicoanalizar a su personaje como alguien con distorsiones edípicas, pero no lo reduce a un caso clínico: Lowry emerge con las ricas contradicciones de un vendaval humano.

Veinte años más tarde, en 1993, Gordon Bowker encontró fuentes que completaban la tormenta. Sus abrumadoras evidencias integran Pursued by Furies, biografía menos atractiva desde el punto de vista literario, pero que deja una convincente impresión de saciedad. El expediente de Lowry ya tiene más datos de los necesarios para comprender su brillantez y su desplome. En el prólogo a la edición póstuma de la novela Os
curo como la tumba donde yace mi amigo, Douglas Day alude a una peculiaridad: “Por principio de cuentas, debemos considerar que Malcolm Lowry no fue en realidad un novelista, o sólo lo fue por accidente”. Bajo el volcán es un caso superior de la novela, pero su autor concebía la escritura como un inacabable poema narrativo. Con frecuencia, le preguntaba a su segunda esposa, que escribía novelas de misterio: “¿Qué estoy tratando de decir?”. Resulta difícil saber lo que el libro sería sin las observaciones de Margerie Bonner. Ella sugirió la muerte de Yvonne, el cambio de nombres de varios personajes, la simplificación de escenas.

Lowry escribió cuatro veces el libro de principio a fin. Quienes han revisado los manuscritos coinciden en que aclaraba o profundizaba por acumulación. De hecho, Bajo el volcán fue en su origen un cuento que narraba el episodio del capítulo VIII, el viaje en autobús en el que aparece un herido en la carretera que no puede ser ayudado porque así lo prohíben las leyes mexicanas (una de las muchas fantasías de Lowry). En esa anécdota está implícita la culpa del Cónsul Geoffrey Firmin por no poder actuar; el testigo maniatado se identifica con la víctima para purgar sus pecados y los de la especie entera. De esta concentrada situación surgió un complejo edificio narrativo.

Sólo una vez Lowry fue capaz de escribir una obra superior. Bajo el volcán es un libro absoluto, vivido y planeado hasta el último detalle. Oscuro como la tumba… y La mordida, novelas mucho más convencionales, sirven como bitácoras de compañía para Bajo el volcán. Hacia el final de su vida, Lowry trató de articular sus escritos en un ciclo con el elocuente título de El viaje que nunca termina, versión moderna de la Divina Comedia, cuyo centro de gravedad sería Bajo el volcán. No es de extrañar que alguien que aborda la escritura como una respiración orgánica se sirva de temas autobiográficos, forzosamente inacabados. El manuscrito sigue el curso de la vida.

El destino, que tantas veces quiso arruinar los proyectos de desastre de Lowry, le otorgó una significativa oportunidad de estropear Bajo el volcán. Después de los rechazos a la tercera versión, probó suerte con Jonathan Cape y recibió un dictamen ambiguo. Dos lectores y el propio editor consideraban la obra demasiado densa, intelectual, casi incomprensible. Sin aclarar si se trataba de una condición obligatoria para publicar el libro, Cape propuso simplificarlo, prescindiendo de las arriesgadas zonas de oscuridad que hoy valoramos como un raro prodigio.

Para entonces, Lowry había vuelto a Cuernavaca, escenario de la novela, y alquilaba la casa de uno de sus personajes, Jacques Laurelle. El cartero con aspecto de gnomo que aparece en la trama era el encargado de llevarle las misivas de su editor. Lowry habitaba el escenario de su obra y la sugerencia de Cape de reescribirla era una tentadora invitación a seguir viviendo ahí. El informe editorial ofrecía una oportunidad de capitular y perjudicar su novela con simplificaciones o de rechazar los cambios, arrumbando el manuscrito en un cajón donde seguramente se perdería. Dos opciones estimulantes para un enamorado del fracaso.

Ante esta disyuntiva, Lowry tomó su más atípica decisión intelectual: escribió 31 páginas en las que defendía el sentido unitario y la lógica de su novela. El documento convenció al editor y puede leerse en español, traducido por Sergio Pitol, en El volcán, el mezcal, los comisarios… En cierta forma, Lowry dio el salto que más temía: publicar era desprenderse del libro que significaba un todo, perder la terapia compensatoria de su infierno. Novelista “por accidente”, como dice Day, no planeaba un libro tras otro. Bajo el volcán era la Obra, el Libro de los libros. Para tranquilizarse, pensaba en una serie en torno a ese planeta impar; secretamente, debía saber que el portento era irrepetible.

Con una prosa que recuerda a Geoffrey Firmin, “borracho hasta la sobriedad”, Lowry defendió la estructura de su novela. Si alguna vez traicionó su tendencia a caer fue en esas páginas. Bajo el volcán existiría al margen de él. El 2 de enero de 1946 firmó la carta que decidió el resto de sus días. Malcolm Lowry estaba a la intemperie; se había sacado de encima la obra que lo justificaba, y no tendría dónde refugiarse.
-
(*) En los ensayos de De eso se trata, su nuevo y ejemplar libro, el escritor mexicano convierte sus lecturas en relatos de la inteligencia recorridos por una excepcional galería de personajes: el Casanova de las mil fugas; Goethe atrapado en la geometría del amor; Cervantes, fundador de la road novel. El narrador se hace presente para contar la inagotable relación entre Borges y Bioy Casares. Sin olvidar el tributo a dos autores que han marcado el certero estilo de Juan Villoro: Onetti y Chéjov. Retratos con paisaje donde las anécdotas se suceden como en una novela y los comentarios surgen con el ingenio de una feliz tertulia. Aquí compartimos un fragmento del capítulo dedicado a Malcolm Lowry, el autor de Bajo el volcán (una de las grandes novelas del siglo XX), en el intoxicado paraíso de Cuernavaca.
-
Tomado de Alma Magazine
Leer más...